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(Un cuento taurino escrito hace ya muchos años para unas jornadas culturales del Club Cocherito de Bilbao, que acaba de cumplir cien años, y recogido posteriormente en un libro con otras aportaciones sobre Toros y Cultura)

La noche
del 21 de Agosto de 1959, cuando un denso silencio se apoderaba del centro de
Bilbao, Ernest Hemingway cerró tras de sí la puerta de la habitación de Antonio
Ordóñez y se quedó de pie, con la mano agarrotada en la manilla. Tenía todo el
horror del mundo dibujado en la mirada y logró contagiar su inquietud al
diestro que, al verle, sentado sobre la cama, abandonó el ensayo de sonrisa
iniciado un segundo antes.

La verdad
es que escritor y torero llevaban todo el verano contagiándose. Como la estela
de una cometa que no brilla pasó por la cabeza de Ordóñez la imagen de un par
de días antes, cuando una mirada intensa y una broma cuyos detalles no podía
recordar habían contagiado la tranquilidad a un Hemingway que, en Ciudad Real,
fue presa de nuevo de aquella enfermiza superstición y creía llevar en sus
huesos toda la mala suerte que caería sobre el mano a mano con Luis Miguel
Dominguín. Y cómo también, aquella tarde, había sido la mirada del americano la
que, en un momento de duda al comienzo de la lidia, le había infundido
sabiduría y valor necesarios para completar la faena con un rotundo éxito.
Pocas horas antes de aquel extraño encuentro en la habitación del hotel,
Ordóñez –rememorando ese instante inexplicable-
había dicho a un periodista bilbaino que los conocimientos taurinos de
Hemingway no podían ser mejores y que, siempre que le decía algo desde el
callejón, le hacía caso.

Pero las
risotadas con que ambos habían coreado el halago no tenían sentido aquella
noche dominada por el desasosiego. Hemingway, que permanecía como atado a la
manilla de la puerta, con la gorra de cuadros apretada en la otra mano y la
vestimenta de verano excesivamente arrugada, carraspeó y, con una voz de
ultratumba, mezcla de miedo y borrachera, exclamó:


Dime que no he sido yo. ¿Verdad que la culpa ha sido
de ella?


¿De quién?, preguntó el torero.


De ella, de la mujer de Franco.

Porque la
mujer del general Franco había estado también en la plaza de Vista Alegre,
había recibido el aplauso del público y el saludo de los tres matadores que,
tras el tercer toro, subieron al palco a presentarle sus respetos. Y poco
después, inmediatamente después, el negrísimo Damastoro había atropellado a
Dominguín en la segunda vara corneándole a continuación sin piedad.

Había
entre Ordóñez y Hemingway una especie de pacto. El torero se aventuraba por las
plazas sin miedo a que se le relacionase con quien era uno de los símbolos
internacionales de la República española y Hemingway eludía cualquier comentario
político en público o en privado, incluso sobre la reciente Revolución Cubana
que consideraba, en contra de la posición oficial española, una “necesidad
histórica”. El silencio le servía también para acallar los reproches de su
conciencia que no podía resistir aquella explicación pública de que había
vuelto en el 53 porque ya ninguno de sus amigos permanecía en las cárceles. El
retorno se debía a motivos más humanos, más complicados y más difíciles de
explicar. Pero aquel comentario nocturno de un Hemingway enloquecido no podía
entenderse como la ruptura del pacto: el escritor necesitaba quitarse de encima
los demonios de la angustia que habían revoloteado a su alrededor a lo largo de
todo el verano y que se posaban ahora frente a él, con soberano descaro, en una
amplia y anónima habitación de un hotel de Bilbao.

No temía
por Dominguín. Sabía que no corría peligro e incluso le había parecido
literario el ruego del diestro a los encargados de darle la noticia a Lucía
Bosé: “que le digan que se trata solamente de un golpe”. Lo había anotado en su
cuaderno porque podría servirle para el apéndice que quería escribir a “Muerte
en la tarde”. No temía por Dominguín pero el recuerdo de su sangre sobre la
arena de Vista Alegre fue, ciertamente, el golpe que derrumbó el decorado y
puso ante sus ojos, incapaz ya de interpretarse a sí mismo, un Hemingway
decrépito que se deslizaba irremediablemente por el plano inclinado de la vida.

Lo que con
ironía amarga llamaba su “régimen de alcohol” no consiguió aquella noche hacerle
reflotar y tuvo que acurrucarse en la habitación de Ordóñez para espantar otra
vez los demonios. O rozar, al menos, algún consuelo. No hacía falta ser
consejero o maestro de toreros para reparar en que aquella visita nada tenía
que ver con la de un periodista  ávido de
apuntes ni mucho menos con los habituales asaltos de los seguidores de los
matadores que, como moscas, tan cerca y sin embargo tan distantes de la entraña
de todo, se afanan por convivir con ellos sin sumergirse jamás en los misterios
de la amistad. Hemingway reflejaba en su mirada horrorizada y vidriosa toda la
patética verdad y, a pesar de su costumbre para el disimulo y la ficción de la
más aguerrida valentía, no podía evitar la necesidad de tener cerca al diestro
como el primero de entre sus hijos, como el más entrañable amigo, como la
estela viva del ímpetu y la fuerza, el éxito ante sí mismo y ante los demás. De
todo lo que se le escapaba. O se le había escapado definitivamente.

Los dos,
sentados en la cama, palpándose confusamente los brazos como prolegómenos
imposibles de un abrazo, podían compartir su secreto. Parecían siglos
interminables los que les separaban del impresionante pase de pecho de Ordóñez
en la plaza, apenas unas horas antes, y de las orejas que había cortado. Todo
estaba, fuera, en la calle, y, dentro, entre ellos –o dentro de ellos-, más oscuro que nunca. Se
agrandaba la presencia de la muerte acariciando constantemente la vida, el
reducto de romanticismo melancólico que compartían en su silenciosa intimidad –porque las conversaciones habituales iban por otros
derroteros- y que les llevaba a vivir apurando hasta la última gota posible.
Pero no podían desasirse del convencimiento de que nada de lo verdaderamente
importante, ni ninguno de los más grandes anhelos, podía conseguirse en esta
tierra sin pasar por el cedazo de la muerte. Ordóñez se mostraba a Hemingway la
vitalidad del triunfo sobre el peligro; Hemingway enseñaba a Ordóñez a degustar
la comida, la bebida, todo lo que entendía por bien vivir. Pero, a la hora de
la verdad –de la soledad ante sí mismos y
ante sus destinos-, los dos se desvivían: uno en el coso, el otro en la
literatura.

Creyó el
torero por un momento que Hemingway se reponía y que la retahíla de palabrotas
que balbució recompondrían la armonía de lo que había sido cotidiano durante
todo el verano. Pero se conmovió de nuevo al toparse con la mirada temblorosa
del escritor y comprendió que aquella noche
era distinta.


Si tú murieses en la plaza –le dijo Hemingway tartamudeando, como recelando de
lo que verdaderamente anidaba en su corazón- yo haría de ti un héroe eterno. Si
tú murieses en la plaza podríamos ser los dos eternos…

Podía
Ordóñez haber salido del paso con una broma o desviando la conversación pero
comprendió que no era el momento, que había llegado la hora de hundirse en la
cruel verdad de su amigo, desmadejado interiormente y sin poder asirse a las
frases verdaderas, desgajadas de todo lo sobrante, que tiempo atrás le habían
aupado a las más altas cumbres de la literatura del siglo XX. Ordóñez, que no
era aficionado a los libros, pudo ver aquella noche lo que le quedaba a
Hemingway, ese mundo descarnado que está detrás de las palabras.


¿Quieres que muera?, preguntó por fin el torero con
voz apagada.


No, no quiero que mueras… bueno, no sé lo que
quiero… Pero sé que alguien tiene que morirse este verano y que si sobrevivís
Luis Miguel y tú, jugándoos  la vida cada
tarde, yo me habré de ir poco a poco por el desaguadero. A mi no me vais a dar
la elegía trágica que me recomponga como escritor…

Pensó
Ordóñez en los reiterados comentarios de Hemingway sobre la plaza de Bilbao:
que si era más torista que torerista, que si su público era un grupo de señores
encorbatados que,  premiaban las buenas
faenas de los toreros pidiendo toros más grandes hasta que, cuando fallaran,
pudieran exclamar: “¿Lo veis? Es como los demás”. Nunca hubiera imaginado que
habría de ser en Bilbao, aunque no en la plaza, donde tendría que lidiar aquel
toro enorme que no se dejaba desengañar y que enarbolaba tan abiertamente el
triunfo y la tragedia de la muerte entre los cuernos. Un toro de verdad, sin
afeitar, algo tan distinto de lo que estaba acostumbrado…

Le hubiese
gustado escaparse, saltar por la ventana abierta de la habitación y correr por
cualquier callejón sin importarle las protestas del público o la persecución de
las autoridades. Tenía un premio Nobel anotando su supuesto ascenso en el
escalafón y, de pronto, al encontrarse con la verdad de la literatura, con el
inefable mecanismo que opera entre líneas, prefería desaparecer, que no quedara
constancia de su existencia, que se borrase su muerte de que ésta le hiciera la
mala jugada de eternizarle.

Hemingway
estaba echado en la cama y Ordóñez paseaba pesadamente por el cuarto sin
atreverse a mirarle. El mataba toros, desde que salían a la arena elegía el
mejor terreno para prepararles para la muerte; él sabía  que era forzoso hacerlo con arte y que un
raro misterio le convertía en el oficiante de lo más definitivo, de lo que
engarzaba la representación de la vida –erotismo,
ritos, vigor, disciplina- con el ensayo de lo que está  más allá. Pero ahora, la figura yacente del
escritor borracho  que ya no miraba le
sugería vagamente que todo aquello, aplicado a su propia vida, colindaba la
farsa, se asemejaba mejor a otras mentiras taurinas de la temporada y exigía un
colosal desmayo, el orgulloso abandono de toda retórica. Abrió de par en par
las ventanas de la habitación, colmado del raro alimento de los dioses,
contagiado otra vez de la locura de Hemingway y gritó a la oscura noche de
Bilbao:


¿No hay música?

Y fue
entonces cuando Hemingway se levantó con asombrosa energía, le abrazó y  se quedó en silencio mirándole a los ojos.
Otro misterioso milagro había ocurrido porque el escritor parecía sereno y
fresco y volvía a ser el padre del torero, el protector del torero, el inútil
pero inevitable consejero del torero.       –
Llámame Cayetano, le exigió enérgicamente.


No, respondió Ordóñez con igual firmeza.


Llámame papá, rogó Hemingway. Yo he sido papá desde
los treinta, he sido viejo y sabio… Y eternicé a Cayetano sin matarle, sin
que muriera.


Se está matando él sólo, dijo el torero con voz
entrecortada.


Pero fue grande y uno no es como acaba sino como es
en el mejor momento de su vida. Yo ya estoy acabado, no podría eternizarte,
Antonio, ni matándote. Escribiré sobre ti y descubrirán que soy un farsante
pero tú  serás lo que eres en el más
grande y redondo de los muletazos.

Y tras un
largo silencio:


Ya sé que dicen que no entiendo nada de toros y lo
que voy a decirte quizá se lo confirmaría a algunos otros: el toro tampoco es
como acaba sino como es en el mejor de los lances. ¿No lo has notado tú?

Ordóñez,
convertido otra vez en un hijo bienhumorado, fiel y atento, se permitió una
broma:


¿No importa, entonces, matarlos en el rincón de
Ordóñez?


No importa –dijo
Hemingway revestido de deslumbrante seguridad-. Yo también he muerto aquí, en
el rincón de Ordóñez. Pero soy como fui en algunos párrafos escritos hace años
y que seguirán fascinando a hombres y mujeres durante mucho tiempo.

Fuera de
la habitación, Bilbao amanecía plácidamente. Los dos se asomaron a la ventana y
recibieron con alivio una ráfaga de aire en sus rostros.


Hay algo de mar en esta brisa, comentó Hemingway.


Y algo indescifrable en esta ciudad, añadió Ordóñez,
siempre está presente en los grandes retos.


Es como
quienes la pisamos, se amolda a nuestro movimiento.

Abandonó
la ventana, calló un segundo mirando de arriba abajo, como si dejara posarse el
telón sobre el escenario, recompuso su sonrisa fotográfica y ordenó al torero:

–     Vístete.
Hay que ir a ver a Luis Miguel. Habrá muchos fotógrafos y periodistas.

Iba ya a
abrir la puerta del cuarto cuando Ordóñez preguntó, tan confundido como
fascinado:


Ernesto, espera un momento, ¿qué hay de verdad en todo
lo que hemos hablado?

Y
Hemingway, con la decadente distancia de la que hizo gala tantas veces aquel
verano, como si de nuevo tratara de no enredarse con el torero y con su propio
pasado, se volvió, le miró fijamente y le devolvió la pregunta:

– Antonio,
¿qué hay de verdad en el toreo?

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