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Bilbao, sin desdoro de otras, ha sido la gran villa civil, como gustaba decir Rafael Sánchez Mazas: no fue ciudad eclesiástica y no tiene catedral vieja, no tiene en sus anales un patricio aristócrata que la gobernara y faltan en su territorio los grandes palacios, no guerreaba con moros y cristianos y no guarda, porque no tuvo, “tres cintos de muralla”. A ser de verdad villa civil debe también alguna de sus carencias históricas: como las universidades se establecían “por mandado de Papa, del Emperador o del Rey”, tampoco la tuvo hasta fecha relativamente reciente.

“Es rara esta ciudad” decía El Pasajero que la visitaba a través de las páginas de los números iniciales de la revista Hermes, el gran monumento de la cultura bilbaina del primer cuarto del siglo. Ya no lo es tanto: hay catedrales, palacios, murallas y universidades, aunque todos ellos tengan sus particularidades. Pero no se ha perdido, sin embargo, ese “aire civil” que sigue siendo su esencia y que es, sin duda, lo que antes y más intensamente llama la atención del viajero.

En Bilbao, lo antiguo es bien reciente, porque es muestra de un constante “presentecentrismo” que ha llevado a sus habitantes a derruir sin compasión las más importantes creaciones arquitectónicas de sus mayores. Siempre estuvieron convencidos de que lo contemporáneo, lo que podían levantar con sus propias manos haciendo tabla rasa del pasado, era lo que mejor convenía a sus intereses y lo que, al mismo tiempo, daba a la villa el perfil que buscaban: que estaban vivos, que su fuerza estaba en cambiar las cosas, que no existía otra manera posible de demostrar el poderío. Basterra, el poeta que perdió los plumajes escuchando a Unamuno, veía en sus conciudadanos un curioso y seguramente apasionado “americanismo” que les llevaba a alzar un enorme almacen donde había un recoleto edificio de siglos atrás, un banco impresionante en el terreno que ocupaba un jardín ilustrado, un astillero moderno donde estaban las antiguas tabernas medievales que otras ciudades tratarían de conservar con mimo. El escudo de Bilbao era, y sigue siendo a su modo, la prosperidad, y aún hoy, ante ese inmenso palacio del siglo XXI que es el Museo Guggenheim, los bilbainos se envanecen o se retratan irónicamente señalando, como los americanos hacen con todo cuanto aparece en las guías, su precio.

Una villa cambiante termina resultando febril, no exactamente fría pero sí escalofriante, llena de aristas, acerada. Por los poros de las obras y los nuevos edificios se escapan vapores un poco rudos y, entre esos vapores, están también los humos de la industria y la contaminación de las tareas permanentes. Porque, en Bilbao, ni los más ociosos dan la impresión de no hacer nada. Ramiro de Maeztu, pocos años después de regresar de Cuba, subrayaba que el transeúnte siempre termina por exclamar desconsolado: “¡Bilbao!… ¡Bilbao!… ¡Si no fuera por el carácter de tus hijos!

Si no fuera por el carácter de sus hijos, Bilbao se derrumbaría. Ellos, dando vida a un determinado ambiente, mostrando un curioso ímpetu en todo, e incluso ejercitando la hospitalidad que no tiene la villa, son Bilbao. Y precisamente por eso, a pesar de que los edificios de antaño estén sólo en la memoria y de que se hayan levantado magníficas moles de titanio, Bilbao ha cambiado, en el fondo, tan poco. Ningún viajero, desde los medievales hasta los de ahora -si dejamos de lado por un momento el Guggenheim-, ha reparado en sus edificios, al menos como en cualquier otro lugar, y ninguno ha logrado olvidar sus habitantes.

Después de aquel visitante del siglo XVI que los eruditos discuten si era un sevillano maltratado por Florián de Ocampo o un matemático de la Universidad de Alcalá, y que la llamó la Bien Bastecida, todos han obviado las paredes y han reseñado, para bien o para mal, el aire que queda dentro: comercio, agitación, trabajo en los muelles, prisa, costumbres mantenidas con una saludable ironía, diversiones que exigen actividad desbordante, excesos, gestos para acercar a los forasteros al núcleo de una ciudad que es invisible porque ellos mismos se sienten advenedizos en una ciudad advenediza, relatos de hazañas -a menudo exageradas- que tienen siempre héroes individuales, con nombres y apellidos. “Hay en Bilbao muchos Bilbaos”, escribió atinadamente don Miguel de Unamuno para definir la que llamaba “villa fuerte y ansiosa”. Bilbao son los bilbainos en movimiento, y la mejor guía de la villa es, me parece, la telefónica. Y puestos a buscarle secretos, el autor del Cancionero no pudo dar sino con sus mujeres, porque, en el fondo, le resultaba increíble que, sin mujeres concretas y de carne y hueso, hubieran dado con los suyos en Bilbao Simón Bolivar, José María Maragall o Narvaez.

Ahora sí hay un edificio que subyuga a propios y extraños y que, aunque tiene un nombre raro, nadie confunde con el euskara. Junto a la ría, envolviendo con uno de sus brazos el puente de La Salve, se alza desde octubre de 1997 el Museo Guggenheim. Un orgullo tan mitológico lleva a los bilbainos a considerar su ciudad algo muy parecido al cielo, y no es, por tanto, mala la metáfora de Frank Gehry, el arquitecto del edificio, cuando afirma que el museo es “su idea del cielo”. El cielo de Gehry no tenía por qué estar precisamente en Bilbao porque tanto el atractivo garabato con el que comenzó el proceso de diseño como el resultado final se parecen mucho -más que mucho, demasiado- al proyecto que el arquitecto canadiense había elaborado para el auditorio Walt Disney Hall de Los Angeles. Es evidente que Gehry tenía el cielo en su cabeza y, no pudiéndolo colocar junto a la costa oeste de los Estados Unidos, lo situó, seguramente porque la Administración vasca estaba dispuesta a pagar cualquier precio por salir del infierno, en la ribera del Nervión.

El cambio de emplazamiento propiciado por esta particular economía de la salvación quita originalidad a este diseño de Ghery para Bilbao pero no resta un ápice de genialidad al arquitecto. Quizá incluso la agranda porque el arquitecto, con su cielo a cuestas, ha demostrado con el Guggenheim de Bilbao sus cualidades de urbanista. Vio el lugar -una amplísima esplanada ocupada anteriormente por instalaciones portuarias, con una ciudad que le daba la espalda al considerarla una zona de trabajo- y, en contra de la opinión de muchos, comprendió que tenía que instalar allí su obra. Con su extravagante mole de titanio, Ghery reivindicaba la ciudad en su conjunto uniendo elementos hasta entonces fragmentados y opuestos, aprovechaba la línea de la ría, envolvía el enorme puente allí instalado y se adentraba en las calles del Ensanche de Bilbao. El museo, como un espejo multiforme, se puede contemplar desde puntos dispersos y desde todos ellos aparece distinto. El espejo devuelve variadas imágenes a través de sus cambiantes y caprichosas formas, siempre sorprendentes pero también siempre suavizadas por el acierto conceptual. Está integrado en donde no parecía que se pudiera integrar nada de parecida naturaleza, y tamaño, y al mismo tiempo integra la zona antes degradada y la villa entera. Una obra de arte y un acierto.

Hay quienes dicen que es una inmensa rosa de titanio abriéndose, es de imaginar que hacia el futuro. Hay asimismo quienes aseguran que es una nave impresionante y brillante atracada en donde antes estaban los navíos mercantes y presta, de manera simbólica, a hacerse a la mar. Hay otros que ven en sus formas, que se mantienen en pie gracias a una soberana complejidad técnica, el homenaje a la imaginación creativa del hombre del siglo XX, que utiliza la tecnología sin sentirse  constreñido por ella. Todo vale porque todo es verdad. El cielo, como ha escrito José Luis Villacorta refiriéndose a aquella idea de Gehry, es la metáfora de la indefinición.

Como edificio imponente, se impone. No sólo desde fuera, en donde siempre pululan los visitantes y curiosos siguiendo con la mirada sus extrañas curvas, sino también en el interior. Las dimensiones son inmensas, pero la mirada no se pierde; las alturas -sobre todo en el atrio- resultan sorprendentes, pero la escala no abruma. Todo, paradójicamente, tiene apariencia humana.

Si el museo rompe, como pretendía Ghery, romper con los valores clásicos de la arquitectura, el arte cotemporáneo que alberga -casi siempre minúsculo en los enormes espacios a pesar de sus frecuentes grandes dimensiones- da la impresión de que lo decora, de que hacían falta algunos detalles de la imaginación creativa del siglo para no dar una excesiva sensación de vacío. Las estrellas son las esculturas de Abakanowicz, la instalación de Beuys, la obra de Ondelburg o la Serpiente de Richard Serra. Salvo en las salas más “clásicas”, en las que se pueden contemplar, entre otras, telas de Kandinsky, Picasso, Modigliani, Miró o Chagall, la peculiar decoración del edificio no oculta su aire de espectáculo y los visitantes (piensan los más optimistas que mientras se adentran en los misterios del arte contemporáneo) juegan con ella introduciéndose en la serpiente, soprendiéndose con efectos de espejos y cámaras o llenándose los ojos con los colores eléctricos de las instalaciones fluorescentes.

Ya hay, por lo tanto, palacio en Bilbao. La “catedral” más visitada es, como gustan decir los aficionados al fútbol, el campo de San Mamés, situado, al menos por el momento, unos cuantos kilómetros más allá, siguiendo el curso de la Ría hacia la mar. Unos kilómetros  en los que se está construyendo el nuevo Palacio de la Música, en los que se ha reformado la Feria Internacional de Muestras y en los que se espera, con ansiedad y sin un punto de polémica, los planes de rehabilitación de Pelli y el Museo Marítimo. Al otro lado del Guggenheim, la pasarela de Calatrava. Grandes arquitectos para la ciudad de las maravillas que los bilbainos se han prometido a sí mismos.

Pero sigue existiendo Alicia y sus conciudadanos. Bilbao sigue siendo aquel “aire civil”. Merece la pena por todo ello que, antes o después de visitar los nuevos palacios y catedrales, el visitante se detenga y contemple el bullir de la gente. Se puede hacer, por ejemplo, en El Arenal, centro neurálgico de Bilbao en otro tiempo y centro simbólico aún hoy, el lugar del jolgorio durante las fiestas y de la calma contemplativa el resto del año. Jalonan la esplanada la iglesia de San Nicolás y el Teatro Arriaga. La iglesia, que a lo habitantes de la villa les parece que ha estado siempre ahí, representa paradigmáticamente el aire cambiante. Hubo, al parecer, una ermita de idéntica advocación y se construyó el templo en el XVIII mudando. En pocos años su apariencia final tenía poco que ver con los iniciales planos previstos. Si no se destruyó en el XIX fue porque sirvió adecuadamente como cuartel,  provisional sede de las Juntas Generales de Vizcaya, y almacén de artillería. Para reinaugurarla a finales de ese siglo -no es poca la relación del santo de Bari con las preocupaciones económicas del Bilbao de entresiglos- se cambió de nuevo la fachada.

Próximo a la iglesia está el territorio del famoso tilo del Arenal, que no es para los bilbainos, o no era, una maravilla biológica, sino el intermediario, el necesario accesorio de la convivencia civil. A diferencia del roble de Gernika, sagrado objeto de culto, el tilo era accesorio de otra liturgia, la de la vida ciudadana. No en vano, la consideración del árbol como accesorio del culto es, según cuenta Filón de Biblos, una costumbre típicamente fenicia. Seguramente por ello, hablar de tilos y ciudades hace pensar en Bilbao o en la más centroeuropea Ginebra y, en ambos casos, se reúnen en su torno no los naturalistas sino los músicos domingueros, los oficinistas que vocean las cotizaciones de la Bolsa, los paseantes solitarios, los grupos de amigos, los ilusionados o los desgarrados, los enamorados. El tilo del Arenal -un lugar al que los primeros bolsistas de la villa llamaban “salón municipal”- fue testigo del primer soneto de amor de Miguel de Unamuno a Concha Lizárraga (allí mismo había visto por primera vez y con turbación una mínima parte de su pantorrilla) y no ya de los primeros, sino quizá los únicos poemas amatorios que escribieran Maeztu y José Ortega y Gasset cuando estudiaba en la Universidad de Deusto. Ciertamente, las virtudes antiespasmódicas de las flores de este árbol van bien con su simbolismo de convivencia ciudadana, de esa esencia de Bilbao que son las relaciones entre sus habitantes.

En el observatorio que el pintor Adolfo Guiard tenía instalado en los veladores del Café Inglés, bien cerca del tilo, comentó en una ocasión a Indalecio Prieto, señalando con el dedo a los viandantes que se descubrían al pasar junto a San Nicolás: “Mira a éstos: saludan a la iglesia, pero miran al Banco de Bilbao”. Nadie mira, porque no está, la pensión San Nicolás a la que alude Jovellanos en su Diario, pero son muchos los que siguen contemplando la sede inicial del Banco, que también lo fue de sus posteriores fusiones. No es el tilo un árbol ante el que el hombre se inclina en actitud devota y orante, sino ante el que se vive.

En el otro extremo de la esplanada que bordea la ría está el Teatro Arriaga, que toma el nombre de uno de los bilbainos más ilustres, el músico Emiliano de Arriaga. Es un interesante edificio de estilo neobarroco que se hace presente una y otra vez cuando se observa Bilbao desde los montes que lo rodean. La afición al teatro y la música es vieja entre los bilbainos porque es una costumbre, pero los lugares para su disfrute han ido levantándose y derruyéndose una y otra vez en distintos lugares a lo largo de su historia. El actual Teatro está allí desde 1890 y en el mismo lugar hubo otro, el Teatro de la Villa, desde 1833. En cuantas ocasiones fue cerrado por desidia o por problemas financieros, se convirtió en reivindicación popular y, entre las anécdotas repetidas por los bilbainos, se cuenta a menudo el viaje de Unamuno desde Salamanca para, en compañía del mítico concejal socialista Perezagua y de un numeroso grupo de fieles seguidores, abrir a hachazos sus puertas cerradas para devolver el teatro al pueblo.

Ahora, restaurado con elegancia en los años ochenta, se puede disfrutar de su cuidado interior y de sus espectáculos con más tranquilidad. Merece la pena hacer un hueco a última hora de la tarde para asistir a alguno de ellos, o para coincidir con la temporada de Opera -que se celebra en otro escenario, el Coliseo Albia situado en el Ensanche- y contemplar no sólo las representaciones sino la “alegría de vivir” que los bilbainos, de apariencia tan seria y un tanto fenicia, se empeñan en mantener con indomable esfuerzo.

Allí estamos en las puertas del Casco Viejo, en el que aún se pueden ver muestras de lo que era la villa en otros tiempos y del aliento restaurador del que hicieron gala -quebrando su tradición de amor a las novedades, al menos hasta la construcción del Guggenheim- tras los destrozos de las graves inundaciones del verano de 1983. En algunas esquinas está señalado en las paredes el nivel que alcanzaron las aguas. El Casco Viejo es hoy residencia de los más jóvenes, centro comercial variado y provincia de la gastronomía, destacando, además de las buenas mesas, el aggiornamento de las costumbres de los míticos bebedores de vino: las barras de los mil bares de la zona son un extraordinario museo de tapas y pinchos en los que no se sabe ya si prevalece el diseño o los sabores.

Pero también se puede recorrer el Casco Viejo con los poemas de don Miguel de Unamuno en la mano y descubir detalles insólitos en la oscura calle de la Ronda, en la que nació el escritor, en la Catedral del Señor Santiago -menos frecuentada pero más hermosa que San Mamés- en la Plaza Nueva o en la antigua sede de la Sociedad El Sitio, palacio de las libertades años atrás, y hoy animada Biblioteca Municipal.

Si en cualquier cruce de calles en Bilbao se pueden ver montes en las cuatro direcciones (comprobando que es verdad que Bilbao es un “botxo”, que está en un agujero), en el Casco Viejo sorprende que los trenes se hayan podido introducir en sus entrañas. Ahora, además, el Metro diseñado con amplitud y elegancia por Norman Foster, muy al estilo del de Whasington y cuyo recorrido nos lleva, bajo tierra en la ciudad y sobre la superficie al abandonarla, hasta la mar. Sigue la Margen Derecha, en la que los barrios residenciales de Las Arenas y, sobre todo, Neguri, han dejado un poso inglés y de bien vivir. Está en proyecto la línea de la Margen Izquierda, símbolo del socialismo vasco y de la industria, hoy duramente castigada por el paro, aunque llena de vida y animación juvenil. Si el final de la Margen Derecha son playas, el de la Izquierda es el Puerto.

Casi todo Bilbao, sin embargo, está a la izquierda de la Ría. Y allí, en uno de los extremos del recoleto Parque de Doña Casilda, el Museo de Bellas Artes, cuyas joyas se han revalorizado ante los ciudadanos por el efecto del Guggenheim. Y son, realmente, joyas. El Museo, dividido en dos edificios (el primero, neoclásico, de los años cuarenta, y el nuevo inaugurado en 1970), está entre los principales de España y cuenta, además de una valiosísima colección de pintura flamenca y de obras de los más grandes de la pintura española -Goya, Zurbarán, El Greco, Velázquez, etc- con la más importante muestra de arte vasco. En estas salas se puede rememorar la época en la que Bilbao, sabiendo recibir en su seno a unos pintores y enviando al extranjero a los suyos, se convirtió en punta de lanza de la renovación artística: Iturrino, Zuloaga, Arteta, Echevarría, Ucelay, Maeztu, los Zubiaurre, etc. tienen allí sus cuadros para que disfrute el visitante ilustrado.

“El mundo es un Bilbao más grande”, escribió Unamuno. Se ha interpretado como un hito más de ese orgullo de sus habitantes, pero el poema no tenía esa intención. Bilbao era, para el más grande de sus escritores y por encima de los edificios y los relatos más o menos míticos, una humanidad (“mi humanidad”). Una humanidad que lucha denodadamente entre lo colectivo y lo individual, entre las viejas costumbres y los conceptos nuevos, entre la patria mística y la universalidad, entre la soledad y la conversación que nos mantiene unidos. Bilbao son, sobre todo, hombres y mujeres -por eso hay tantos- y constituye una magnífica metáfora del mundo. Quizá por ello nadie que haya recalado en ella se siente extranjero.





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