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Cada vez parece haber menos y, cuando uno se queja, le salen con aquello de que la naturalidad debe primar sobre las convenciones. Pero la cortesía, que las lleva aparejadas, no es sólo una convención, y la naturalidad tiene sus fronteras, fuera de las cuales está sólo el instinto, el errar sin rumbo o, sencillamente, el estado salvaje. En ese territorio desértico se puede ser “sólo uno mismo”, pero la cortesía aparece, o debería aparecer, cuando, sin dejar de ser uno mismo, se tiene en cuenta a los demás.

No sé si es una virtud o su envoltorio, según la aguda anotación de André Compte: “el ceremonial de lo esencial”. Seguramente, por ser el ceremonial, es accidental y hasta puede convertirse en un teatral agravante en el caso del sinvergüenza (aparentemente) cortés. Pero conecta directamente con la ética del comportamiento y de la expresión. Si reconozco el agradecimiento debido con un “gracias” expreso públicamente un sentimiento o, sin sentirlo del todo, subrayo el respeto debido al interlocutor. La cortesía es siempre una expresión, propia de la vida social, y en ocasiones una gimnasia que advierte los fundamentos de esa vida social.

Es quizá una escenografía, pero ésta no es la imposición de un discurso sino la creación de un espacio en el que podemos movernos -nosotros y los otros- con cierta holgura. Un territorio en el que tiene cabida la memoria y en el que, con ella, se puede retomar la distancia si se ha avanzado demasiado, o volver al principio, o acercarse si uno se ha alejado más de lo debido. Ese es el fundamento del ritual: dar sentido a los gestos.

Lo contrario de la cortsía no es la naturalidad sino, más bien, esa curiosa obscenidad de no tomar en consideración, tal y como son, a los demás. La cortesía, a diferencia de su contrario, implica y complica, crea la complicidad. Y, precisamente porque la cortesía aborrece de toda dependencia, lo absolutamente contrario a ella es la dictadura.

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