Etiquetas

, ,

Hace más años de los que ya quiero aceptar conocí en Amsterdam al poeta checo Hans Beckel. Nos reuníamos muchas tardes en el Café América -“territorio de los melancólicos” solía decir- con el ingeniero italiano Enzo Camaratta y allí pasábamos las horas tratando inutilmente de hablar en el idioma de los demás y convirtiendo la tertulia en un galimatías o, en el fondo, en la invención de una lengua que, a pesar de la confusió, terminamos por entender muy bien.

Beckel, una tarde, dejó de resistirse. Hasta ese día, de algún modo, vivía en otro sitio, precisamente en aquel del que había huido, en donde estaban su miedo y su sufrimiento y era sólo una sombra -aunque divertida muchas veces- encerrada entre el Café América y la imprenta en la que trabajaba. El miedo, a la represión que él mismo había sufrido en su Praga natal. El sufrimiento, causado por la mujer que había dejado allí. Hasta ese momento, las cartas de Erika eran parte de nuestras conversaciones: le pedía perdón por haberse quedado y, al mismo tiempo, reclamaba machaconamente su vuelta a Praga, necesitaba su compañía para soportar un ambiente excesivamente dominado por la tensión y los sinsabores y le urgía a seguir luchando, retornando a casa, con los que había compartido hasta su huida la resistencia al régimen.

Nunca supe si lo que le retenía en Amsterdam era elpavor al comunismo, a la cárcel en la que había estado, a la anulación civil como ciudadano y escritor o una sensación de que, en el fondo, Erika no le quería. Con melancolía y un punto de desesperación comentaba siempre que, en aquellas cartas, le pedía la vuelta por la lucha política o porque necesitaba apoyo y ayuda pero jamás porque estuviera enamorada.

Y si así, desandado el amor que les había unido, ya no tenían sentido ni la prisión ni los desasosiegos de la clandestinidad, aquella tarde todo cambio. La última de las cartas de Erika, escrita con letra más grande y nerviosa que las anteriores, hablaba de compartir el futuro, donde fuese, en Praga o en Amsterdam, a donde ella podía ir también, con libertad o sin ella, de cualquier modo o en cualquier lugar.

Hans Beckel dobló la carta que nos había traducido y comentó que las alternativas no eran las que él había sopesado hasta ese momento. No se trataba de volver a una batalla que para él había perdido colorido o de mantenerse en la seguridad holandesa, de tonos ocres pero fuertes. Se trataba, más bien, de quedarse mecido por las consideraciones “sensatas” o lanzarse a una locura que sólo iba a ser posible donde estuviera la mudable e insegura Erika

Se levantó, nos abrazó, metió en una maleta sus pocas pertenencias y, por la noche, tomó el tren rumbo a Praga. Al día siguiente, Camaratta, quitándose el sombrero y mirando la silla vacía que solía ocupar Hans, me dijo: “para que las cosas cambien de verdad hay que plantear bien las opciones…”

Anuncios