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Acabo siempre volviendo al tema de los amigos convencido de que es una de las pocas cosas que nos sostienen. Hay otras, claro, pero la mayoría de ellas sólo nos entretienen, que no es lo mismo. Seguramente es una convicción determinante desde que hay hombres sobre la tierra pero los griegos lo formularon acertadamente: la vida no merece la pena ser vivida sin amigos, presentes en los momentos de dificultad y en los de las alegrias, capaces de compartirlo todo y cualquier cosa. Santo Tomás de Aquino, en este sentido, distinguía con tanta profundidad como ironía, que, en el Paraíso, se disfruta tanto de una “gloria esencial” como de otra “gloria accidental”. La primera, según la doctrina católica, la contemplación de Dios. La segunda, la contemplación de Dios en compañía de los amigos. No hace falta ser creyente para entender el valor que Aquino quiere dar a la red que conforman las amistades.

Entre los griegos, Aristóteles fue un poco más allá al afirmar que la amistad (la “philia”, la amistad entre ciudadanos) es uno de los presupuestos básicos del bienestar de la ciudad, que la comunicación y el constante intercambio de ideas, siempre placentero y enriquecedor, humanizaban el munco y evitaban la guerra civil. Unamuno escribió que no es la uniformidad lo que nos mantiene unidos sino la conversación y Hannah Arendt reflexionó sagazmente acerca de que sólo es humano aquello que se puede convertir en discurso: lo demás será sublime, horrible o sobrenatural, pero no humano.

Tenemos experiencia, en la vertiente más privada, de cómo la conversación sincera fundamenta las relaciones y de cómo la invitación a ella lo demuestra (“Si necesitas hablar…”), pero parece que olvidamos que, en la vida política y ciudadana, el intercambio de ideas es necesario para todos, y no sólo para los políticos, para sostener la vida social. El intercambio y esa empatia cívica que conlleva no el papanatismo de dar la razón a los demás sino la huída del dogmatismo, la apertura a un debate sereno en el que tanto podemos convencer como ser convencidos. Demasiado a menudo, los ciudadanos particulares citan las preferencias ideológicas de otros como una despreciativa etiqueta y, en los escasos episodios de debate razonable entre políticos se comprueba hasta qué punto están impregnadas nuestras entretelas de un gusto por el enfrentamiento dogmático: a qué vienen esas reuniones, esas sonrisas, esa búsqyeda del acuerdo si lo importante es “mantener posiciones”. Sin duda, es importante convenir en que eso que se da en llamar educación política no es otra cosa que enseñar a nuestros concuidadanos, y aprender nosotros mismos, qué es eso de la amistad.

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