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He leído las “Memorias” de William Saroyan. Tenía una cierta devoción por el autor de “La comedia humana” y, aunque esta suerte de recuerdos tiene un aire un tanto deslabazado, no me he sentido defraudado: la mayoría de los retratos de los personajes, famosos o anónimos, resulta fascinante. Saroyan sabe encontrar la anécdota que los define y no precisa de más elucubraciones.

En las “Memorias” hay un breve capítulo sobre Marilyn Monroe que, por un cierto fetichismo, he dejado para el final. Mal hecho, porque, con la sorpesa, ha llegado el mal sabor de boca. Cuenta Saroyan que fue la propia actriz la que quiso conocerle y que, el día de la primera cita, después de una larga conversación en un coche, se pasó un tiempo interminable acicalándose en el baño para pedirle después perdón por haberle hecho esperar tanto. Le pareció al escritor que el tono de Marilyn Monroe escondía algo muy complicado y que resultaba difícil ayudarla tras haber pensado, con una cierta ironía, que se estaba arreglando para él.

Una ironía falsa, la verdad, porque algunas líneas más adelante, con una frialdad desproporcionada, Saroyan cuenta que, en otra ocasión, tras compañarla a tomar perritos calientes y limonada, “la llevé a casa y me metí en la cama con ella”. Qué sorpresa y qué desazón. El enorme armenio había conquistado, aunque fuese pasajeramente, a la mujer que, aunque pase el tiempo (y la vida), habita los sueños de tantos. También los míos. Y, además, lo cuenta así, sin más, en el fondo con el mismo tono gélido y despegado, con la misma tonta vanidad, con la que relata que sus hijos pasaban buenos ratos en la casa de Charles Chaplin.

Es cierto que, al final, da cuenta de una anécdota reveladora del estado de ánimo de Marilyn. Le dijo que le iban a presentar a Joe DiMaggio y Saroyan comentó: “Quizá él pueda hacerlo”. Acompañarla, ayudarla, amarla, se entiendo. Pero ¿no podía haberse comportado como un caballero y esconder que se llevó a la cama, en un momento de caos sentimental, a ese mito desvalido? ¿Quería, sin más, impresionarnos?. En vez de despachar el asunto con un par de líneas descarnadas, ¿no podía, al menos, hacer alusión a los velos que hacen real e inteligible el sexo? Hay una Marilyn más sexual, también más sexual y próxima, más entregada e íntima, en el retrato de Truman Capote, que no se acostó con ella, o en el famoso poema de Ernesto Cardenal en el que se pregunta con quién quería hablar en la última y misteriosa llamada telefónica de la actriz poco antes de morir.

Estos dos últimos, además, nos permiten convertirnos en sentimentales protagonistas de la narración o el poema. Pero Saroyan no deja espacio a nadie más en su maldita cama. Quede claro, de este modo que también escribo todo esto porque ahora no se me ocurre otro modo de revolverme contra los celos…

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