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(Este artículo, escrito hace ya tiempo, no lo quiso publicar nadie. Como una premonición. Lo recupero ahora que voy a estar unos días fuera.)

En El infinito viajar, Claudio Magris narra
un episodio de la infancia de San Luís Gonzaga recogido en un libro de Stefano
Jacomuzzi. Al parecer, el futuro santo estaba jugando y un pariente pesado le
preguntó que haría si supiese que iba a morir unos minutos después. “Seguiría
jugando”, contestó San Luís. A Magris le gusta la respuesta, le parece propia
de “azarosos navegantes en el mar inexplicable de la existencia”, que es una
bella imagen, y no de meapilas, que es como algunos imaginan a cualquier niño
llamado a los altares. A mí, sin embargo, me parece un poco repipi y prefiero
atribuir a la leyenda la anécdota de este supuesto diálogo: una cosa es la
inconsciencia de la muerte, incluso su desprecio, y otra responder tan
seriamente a la inconveniencia. De azaroso navegante sería responder, por
ejemplo, “anda, déjame en paz que ahora estoy jugando”.

Al final del pasado
verano, los periódicos y los programas de radio y televisión llenaron sus
espacios con el accidente aéreo de Barajas. Aún colea de vez en cuando el
asunto, con el correspondiente proceso judicial, pero la apariencia de ocuparse
de la tragedia tenía y tiene, en algunos casos, su particular paradoja: se
especula a gusto sobre lo que se desconoce para no ocuparse, en realidad, de la
tragedia. Nos sentimos más arropados, diría Sciascia, en el drama, que está
bajo el manto de los hombres y de la ley, que en la tragedia, que sí que es
verdaderamente azarosa. Pero como interesa lo humano, también nos llegaron
testimonios de algunos de los escasos supervivientes: el relato, vacilante la
mayoría de las veces al menos en público, de cómo vivieron los minutos de
zozobra antes de la caída del avión y el incendio. En definitiva, la pregunta
de qué hicieron y, en concreto, de qué hicieron sabiendo, si lo pensaron, que
iban a morir en unos minutos.

Otro verano, hace ya
más de treinta años, mi padre viajaba en un avión que, averiado gravemente,
tuvo que aterrizar, después de arrojar el combustible en el Atlántico, de modo
forzoso y con evidente peligro en el aeropuerto de Burdeos. El destrozo del
aparato no estuvo acompañado, afortunadamente, de víctimas. Cuando se recuperó
del susto, además de asegurar –lo que no cumplió- que jamás se subiría a un
avión, contaba que, mientras descendía, el silencio impresionante del pasaje
sólo se rompía por alguna oración entrecortada en voz alta y que, aunque a
veces no estaba seguro del todo, parecía cierto el tópico de que, en momentos
así, la vida entera pasa ante los ojos de la memoria o de la conciencia. Jamás
le oí decir que los pasajeros siguieran jugando.

Amando de Miguel
publicó en 1999 El libro de las preguntas
que se abría, en la portada misma, con esta: “¿Qué haría si le dijeran que va a
morir mañana?”. El libro no propone una respuesta, al fin y al cabo es el de
las preguntas, pero sugiere interesantes reflexiones sobre la muerte
simbolizada por una mujer o por un caballero, según los casos, la sucesión o la
voluntad de despedirse. Subraya el sociólogo que, ante la constatación de la
muerte anunciada –no inminente-, surge el mito del viaje. “Puede que sea
–comenta- una metáfora teológica: la vida humana como un tránsito efímero”.
Podía ser también, naturalmente, el sencillo deseo de huir, como si en otro
sitio pudiesen ser las cosas de otra manera pero, de todos modos, está bien lo
del viaje como adelanto terrenal del otro, como metáfora o desiderátum de la
fe: el viaje tiene destino, no es, sin más, vagar azarosamente. Goethe
aseguraba que, en el fondo, un ser pensante no puede pensar en su propia no
existencia y concluía que el destino no puede ser concebido como el fin y la
extinción. Está bien, por tanto, lo del viaje, que se presenta como infinito y,
como tal, se pueden entender las oraciones que se escuchaban en aquel avión que
descendía averiado hacia Burdeos. Y también la sensación de agonía, aunque la
lucha sea imposible ante el panorama desconocido que se abre ante nosotros. No
creo que quien tenga fe sea ajeno a esta sensación si se toma en serio el
trance.

El músico y director
de orquesta Javier Bello Portu contaba a menudo, aparentemente serio pero
divertido en el fono (porque ese era su estilo), lo ocurrido durante la misa
que se organizó en casa de su suegra, en Bruselas, tras el fallecimiento de
esta. Oficiaba el hijo de la difunta, jesuita belga de postín, con lo que
tenían en casa: vino de la bodega, pan de la cocina. A Bello Portu, que era
agnóstico, le molestaba esa improvisación, que juzgaba ajena al ritual propio
de quien considera que está haciendo algo importante. En un momento de la
ceremonia, el cura invitó a los presentes, allí, delante del cadáver de su
madre, a pensar lo que harían si supiesen que iba  a morir cinco minutos después. Y a que lo
dijeran en voz alta. Tras la primera impresión silenciosa, alguien se animó a
explicar que pediría perdón por tantas cosas de las que se arrepentía. Otra
rezaría para encontrarse con un Dios amistoso. Una más se despediría
afectuosamente de los suyos…

Cuando le llegó el
turno al músico vasco preguntó respetuosamente si él, que no era hijo, sino
yerno de la fallecida, podía intervenir también

– Sí, claro, le dijo
su cuñado.

– Un asunto previo,
siguió Bello Portu, ¿cinco minutos son exactamente cinco minutos?

– Sí, respondió el
cura mosqueado.

– Pues entonces iría corriendo
al teléfono para ver si logro contratar un seguro de vida.

Parece que sus
cuñados y las familias de estos se enfadaron con el músico, pero él, al
contarlo, se defendía: “Fui el único que pensó en los demás”.

De un modo u otro,
sobrecogidos o irónicos (aunque no es incompatible) parece que el morir nos
incita a tratar de abandonar la vida, en la medida que se pueda, de la mejor
manera posible. El morir. No es lo mismo la muerte, escribe Sándor Márai en el Diario de los últimos años de su vida,
que el morir. Y resulta que la mejor manera de abandonar la vida es el único
modo de aprender realmente a vivir, de que, en definitiva, como dice el famoso
verso de Dylan Thomas, la muerte no tenga señorío. El único modo, ciertamente,
porque no hay otro. En la entrevista que Jacques Derrida concedió a Le Monde para anunciar que el cáncer
acababa con él explica, con la intensidad propia de las circunstancias, que ni
uno, ni los libros, ni la vida misma lo enseñan, que solo la muerte –o el
morir- es la maestra adecuada y que, como enseñaban los clásicos, filosofar es
aprender a morir. Sólo así se aprende a vivir.

Así que la muerte,
que tiene ese rostro terrible y angustioso, también nos proporciona enseñanzas
fundamentales. En un hotel de Chicago, el premio Nobel Saul Bellow, ya en la
parte final de su vida, le confiaba al entonces joven novelista Martin Amis
que, a su juicio, lo que estaba destruyendo nuestra sociedad no era la
política, ni la economía, ni incluso las guerras, sino “la ignorancia de la
muerte” que impregna todo eso. Para Bellow, la muerte es como “la parte
posterior y oscura que necesita un espejo para que podamos ver algo”.

Tras el accidente de
Barajas, Jacques Attali publicó un artículo en la revista L’Espress en el que
contaba que François Mitterrand gustaba de decir, en privado, que los seres
humanos se comportan como los pasajeros de un avión que va a estrellarse contra
una montaña: lo saben, conocen su destino, pero siguen enarbolando las copas de
champagne. Estos sí que se parecen a la imagen atolondrada del niño Luís
Gonzaga.

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