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Sin un conocimiento
detallado de todos los documentos y la transcripción de las comparecencias es
arriesgado hacer un juicio rápido sobre el procesamiento de la cúpula policial
en el caso Faisán. No hace falta tanto para hacerse una idea cabal de algunas
cosas. La primera, el carácter chapucero de la operación policial porque, sin
duda, se trataba de algo delicado y especialísimo que, en el peor de los casos,
exigía una precisión y confidencialidad que, por hacer mal las cosas, se
encuentra en estos momentos ante la vista de todos: de los protagonistas, de
los implicados en el asunto, de los terroristas también que, sin duda, conocen
ahora mejor que antes cómo son los procedimientos policiales de infiltración y
los resortes de búsqueda de información.

Reconozco que, al
menos en este momento, con la información que tengo, no me hago una idea clara
de si el “chivatazo” respondía a un afán de tranquilizar las cosas en medio del
tristemente famoso “proceso” o, sencillamente, se trataba de impedir una acción
policial para dar continuidad a otras que pudieran tener más calado. Esto
último –como no detener a un terrorista hasta que se tenga noticia de todas sus
conexiones- es una práctica habitual pero lo que llama la atención, fuese una
cosa o la otra, es la falta de coordinación, la misma necesidad de un “chivatazo”,
el absurdo de la situación que ha dado lugar a estos procedimientos.

Pongámonos en lo peor,
en que se trataba de una operación colateral al “proceso”, de no  detener a unos criminales no por sostener una
investigación más amplia, sino porque su encarcelamiento podía dificultar el “proceso”.
Como el mismo “proceso” me pareció desde su inicio algo lamentable en el fondo
y en la forma, todo intento de apuntalarlo me merece el mismo juicio, al margen
de que, al hacerlo, se vulnerasen las leyes y, por tanto, pudieran ser
merecedores de procesos judiciales. Lo que me extraña, sinceramente, es que la
calificación de estos hechos sea, precisamente, de colaboración con una banda
terrorista, con lo que supone de connivencia con sus fines, y no otras, graves
pero de menor alcance, que, a mi juicio, y dicho lo que tantas veces he
repetido sobre la lucha antiterrorista y el diálogo con ETA, hubieran sido más
ajustadas. Y no por quitar hierro al asunto, sino, sencillamente, por ajustarse
más, desde mi punto de vista, a la realidad: una cosa es vulnerar la ley en lo
que al secreto o a las funciones policiales se refiere y otra que, como digo,
implica una vinculación a los fines de ETA, colaborar con el terrorismo. Una
cosa es querer, con procedimientos que considero inaceptables, amainar a la
banda y otra colaborar con ella como tipo legal.

Naturalmente, si yo
mismo opino sobre el asunto, no puede parecerme mal que un asunto de tanto
calado esté en el debate de la política y de la opinión pública. Pero sí creo
que el tono, al menos, debe preservar el más que necesario entendimiento y la
unidad en la lucha antiterrorista. Si la impericia, los excesos y los malos
hábitos han arrasado ya muchas cosas, espero que esta última se mantenga.

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