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El interés de la
deuda, y como referencia el diferencial con Alemania, se ha convertido en el
baremo de nuestras angustias. El presidente ya dijo que era el ratio que miraba
cada mañana, como quien comprueba los signos vitales de un enfermo. El pasado
lunes se disparó, provocando la angustia en España, en Italia y en las
instituciones europeas, porque en ello nos va no sólo la supervivencia
económica de varios países, sino también el euro y la estabilidad europea. Ya
se había movido antes arriba y abajo, aunque los descensos, en la situación
actual, son alivios temporales que no aseguran que la tormenta no vaya a
presentarse de nuevo y convertirse en un tsunami.

Ante una situación tan
delicada –y que ya no se puede soslayar con distingos entre países intervenidos
o no, grandes o pequeños, con más o menor déficit- podría tener justificación
que el Gobierno, para actuar con energía (y dolorosa energía), quisiera alargar
la legislatura hasta el límite. Pero sólo para hacerlo, aunque sea en nueve
meses, con un Gobierno renovado en ideas y planteamientos, en personas también,
y con un mínimo entendimiento con la Oposición por la gravedad de la situación.
Las actitudes políticas, hasta este momento, se han reducido –se han reducido
aunque no sea lo único que se hace- a un cúmulo de pretendidos gestos para
hacer ver, retóricamente, sin mayores concreciones programáticas y mucho más
sin medidas concretas, que las cosas se pueden hacer de otro modo y sin el
coste de lo ya hecho y por hacer. La “espera” del PP y los “guiños a la
izquierda” del nuevo candidato socialista responden a este esquema. En este
territorio pueden unos y otros desplegar estrategias más o menos exitosas pero
no es, desde luego, aquél en el que se toman las decisiones que los ciudadanos –y
la situación- precisan.

El discurso de Alfredo
Pérez Rubalcaba del sábado pasado y la remodelación del Gobierno tras la salida
del candidato están, sin duda, en este camino que no lleva al destino que se
necesita. Pueden ser, uno y otra, “inteligentes”, o tener el carácter
provisional de las circunstancias pero una cosa y la siguiente responden a la
estrategia partidista y no al peligro cierto de entrar en coma. La percepción
de los ciudadanos va en el mismo sentido cuando, a la vista de lo que ocurre,
especula sobre las condiciones, particulares y estratégicas, que el presidente puede
considerar para disolver las cámaras y convocar elecciones, o las que,
estratégicas y particulares, podrían convenir más al Partido Popular.

Si las cosas son así,
y así parecen, lo mejor es, sin duda, adelantar la convocatoria de las
elecciones. Al menos para que quien gane, despegándose de las estrategias y quitando
las vendas, empiece con la cirugía que se necesita.

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