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Parecía evidente que
Antonio Camacho, hasta ayer secretario de Estado de Seguridad, iba a ser
nombrado ministro del Interior en sustitución de Alfredo Pérez Rubalcaba. Y
resulta tan lógico como evidente: conoce el ministerio, ha sostenido desde su
cargo una política que no va a cambiar en el tiempo que le queda a este
Gobierno y la salida del nuevo candidato socialista no supone así, en materia
tan sensible, ninguna quiebra. Parecía también evidente que la vicepresidenta
segunda, Elena Salgado, iba a pasar a ser la primera y que, de este modo, las
vicepresidencias se reducirían a dos. Salgado fue, desde el principio, una
pieza fundamental de Pérez Rubalcaba, con el que le une una sintonía política
especial, y, en estos momentos, la dirección de la economía, y las reformas que
se puedan llevar a cabo, exigían una continuidad que se ha mantenido. No tenía ningún
sentido por otra parte, y a estas alturas, mantener tres vicepresidencias. Y
eso si lo ha tenido en algún momento porque la tercera, a todas luces, era un
acomodo honorífico para el presidente del PSOE después de dejar la Junta de
Andalucía.

La sintonía de Pérez
Rubalcaba con las dos personas citadas da muestra de su influencia en el
Gobierno tanto como de las dificultades que se va a encontrar para modelar,
desde la candidatura, una posición personal distinguible de la acción
gubernamental en la que ha participado tan activamente. No parece que, ni en un
territorio ni en el otro, ni en Economía ni en Interior, vaya a haber cambios y
Pérez Rubalcaba, antes de enfrentarse a Rajoy, debe enfrentarse con esa
paradoja: las personas que ha impulsado y que sostiene llevan a cabo una política,
ya conocida, causa de desafectos, y él, su valedor, tiene que apañárselas con
un discurso distinto que algunos califican o quieren ver, según los casos, como
un “giro a la izquierda”, si es que puede llamarse así a los guiños retóricos y
a las generalidades de su presentación el pasado sábado.

Más llamativo ha sido
que el nuevo portavoz sea el ministro de Fomento, José Blanco, y no otro de los
“peones” de Rubalcaba, Ramón Jáuregui, que es a lo que apuntaban la mayoría de
las quinielas y los rumores. No creo que se trate de una discrepancia fuerte
entre el presidente y el candidato pero sí me da la impresión de que, en las
actuales circunstancias, tampoco Rodríguez Zapatero iba a aceptar disolverse
del todo en los planes de su antiguo colaborador y no mantener, al menos con el
portavoz, un perfil propio. La paradoja es que el elegido, el más “zapaterista”
de la dirección y el Gobierno, no parece tener la mejor sintonía con el
candidato que apoyó contra Carme Chacón. De hecho, no estarán ni él ni los
próximos que propuso en el equipo principal de campaña de Pérez Rubalcaba.

Todo ello, más allá de
las cuitas gubernamentales, que quedan más ridículas en estos momentos de
zozobra que en cualquier otro, revela las dificultades del PSOE y del nuevo
candidato. Si son sus fieles los que llevan a cabo la acción del gobierno, el
modo hacer visible una alternativa se complica. Si son sus discrepantes, en la
medida que lo sean, los que llevan la voz cantante, la bicefalia complica la
campaña, sobre todo si el presidente Rodríguez Zapatero sigue queriendo –y puede-
alargar la legislatura hasta su agotamiento legal. Las elecciones anticipadas
no son, me tempo, la mejor opción para el PP, sino para el propio PSOE

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