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Coincidiendo con el
aniversario de uno de los hechos más tremendos de nuestra historia reciente, este
fin de semana se ha recordado, con pasión y con rabia, el asesinato de Miguel
Ángel Blanco. Conviene hacerlo, como homenaje al joven concejal de Ermua y a
todas las víctimas del terrorismo, pero conviene también preguntarnos qué pasó
aquellos días y qué significó y significa la rebelión ciudadana que siguió a su
secuestro y asesinato.

De que ETA era y sigue
siendo una banda terrorista y totalitaria ya teníamos experiencia antes de
aquellos días de julio de 1997, pero, aunque se avanzaba, muchos ciudadanos,
quizá para contener por miedo o pusilanimidad la reacción que merecía,
pretendían verlo como algo paralelo a sus vidas, que era lógico condenar sin
que fuese necesaria la reacción contundente de cada uno. Aquellos días, los
acontecimientos se precipitaron de forma tan veloz como continuada: la
liberación de Ortega Lara nos ofreció, en directo, la imagen de un hombre
terrible y largamente torturado. Inmediatamente, la liberación de Cosme
Delclaux, otro secuestrado para extorsionar económicamente a su familia. Y sin
solución de continuidad, el secuestro de Miguel Ángel Blanco, la espera
angustiosa y su bárbaro asesinato. Sabíamos que ETA era precisamente eso y que
la única restricción para el uso de la violencia era la táctica, la
conveniencia, el cálculo acerca de cómo, parando ahora, intensificando el
terrorismo después, se podían conseguir sus indignantes objetivos o el paso
intermedio de la generalización del terror y el progresivo desistimiento.

Aquellos días se
produjo porque, con una cosa y las otras, con la liberación de uno, con el zulo
de otro, con la crueldad de los verdugos y la eficacia policial, con el
secuestro y el asesinato, vimos en estado puro, como si fuese en especialísimas
condiciones de laboratorio, el rostro de ETA y el significado tremendo de su
violencia. Y se salió a la calle, y se convenció cada uno, fuese cual fuese su
ideología de que no se podía seguir así (que no podía seguir así tampoco cada
uno de ellos, de que había que decir, con palabras y con el compromiso, que no.

Se dijo no a ETA y se
dijo no a un modo de enfrentarse a la banda que supusiese concesiones,
desesperación, tránsitos fuera de los márgenes del Estado de Derecho, debilidad
en el uso de los instrumentos de éste, tiempo para ver si las cosas cambiaban,
oportunidades de uno u otro tipo a los terroristas y sus secuaces. En símbolo
de todo eso se convirtió Ermua y Miguel Ángel Blanco. Y como ETA sigue
existiendo y vemos como la serpiente se sigue deslizando habilidosamente,
convendría no olvidarlo.

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