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Clarin es una magnífica revista de Toros y Cultura que edita y dirige Alfonso Carlos Saíz Valdivielso. Aparece anualmente en Bilbao coincidiendo con la Semana Grande y la Feria de agosto. Tienen la amabilidad cada año de invitarme a escribir en ella y este año he enviado el texto “Roland Barthes en los toros” que reproduciré aquí cuando el número de 2011 esté publicado, pero, como ya no hay Desayunos de TVE hasta septiembre, dejo el artículo de 2010 sobre Miguel Hernández coincidiendo con el centenario de su nacimiento.

Este poeta vibrante y brillante, que
la iconografía nos hace recordar como un hombre siempre joven, tuvo
naturalmente sus alegrías, pero no se puede decir que la vida le sonriera.
Tampoco Madrid, a la que llegó un día triste del final de 1931. Las cosas no le
salen como esperaba. Concha de Albornoz, siempre amable, no encuentra el modo
de ayudarle. Giménez Caballero sólo da la impresión de hacerlo e incluso falta
a la confianza de aquel joven “ciegamente generoso”, como le definió
Aleixandre. Otros que le comprendieron mejor no podían hacer nada por él,
algunos ni por ellos mismos. “Madrid no es como yo lo soñaba”, escribe en una
carta de la época. Y se vuelve a casa.

La decepción no hace que abandone sus
versos aunque, desesperado, diga a su admirado García Lorca, con el que tampoco
encaja del todo, que está aprendiendo a dejar de ser poeta. Pero aparece, casi
silenciosamente, Perito en lunas,
libro de una estética que mudaría después pero que hace descubrir a unos pocos
el gran poeta que era. Con poco dinero, porque sus amigos de Orihuela no han
recaudado lo esperado en un homenaje celebrado en el Círculo de Bellas Artes,
vuelve a la capital en 1934. Con su libro y con un auto sacramental que quiere
publicar a toda costa y que no llega precisamente en el mejor momento para los
círculos literarios de la época. Pero esta vez parece entenderse bien con
Bergamín y la revista Cruz y raya y
con Alberti y la suya, de un carácter ideológico bien distinto, Octubre. En las tertulias no sólo de
habla de política y literatura, también de toros. Allí está también José María
de Cossio, que tan importante sería para Hernández…

El mundo de los toros parece llegarle
por otros y siempre bajo la interpretación artística e intelectual de sus
amigos. Ya antes, en el verano de 1933, ha estado en los toros en Cartagena con
Carmen Conde y Antonio Oliver y, a la vuelta, lamenta haber olvidado el cartel
taurino en el tren. Y en esa segunda y breve estancia en Madrid se empapa de la
vida taurina y, a través de Bergamín y Cossío, sabe de Belmonte y Sánchez
Mejías y su vinculación con la vida cultural española. A la vuelta a Orihuela
recibe como un mazazo la noticia de la muerte de Sánchez Mejías, cogido en la
plaza de Manzanares y, en ese instante, comprende que tiene “un tema” que le
conmueve y que, al mismo tiempo, puede recibir los parabienes de sus amigos de
Madrid. Escribe así su Citación-fatal,
antes que la elegía de Lorca y de otros homenajes al torero, que no logra que ABC
publique ni renunciado a hipotéticos honorarios. Y, poco después, con evidente
influencia de Bergamín y Gómez de la Serna, a los que luego convertirá en
personajes, una obra de teatro que titulará El
torero más valiente (tragedia española)
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Hernández está seguro de lo que hace
(“¿Qué no sea vanidoso de mi obra? No es vanidad, amigo Federico Lorca: es
orgullo malherido” escribe en una carta desgarrada) y cree que, con la muerte
de Sánchez Mejías, ha encontrado un tema que tendría que lograr el respaldo de
sus amigos madrileños y el reconocimiento popular. Si no consigue estrenar la
obra, sí le sirve, sin embargo, para, junto a la evidencia de su calidad
poética, ir ampliando el círculo y las amistades que, por cierto, le llevarán
de nuevo al mundo de los toros. En la tertulia de Neruda –que fue fundamental
en su vida- conoce, entre otros, al torero salmantino Pepe Amorós, amigo y
admirador del torero fallecido. Y afianza su relación con Cossio que, en 1935,
le ofrece el puesto de secretario particular para trabajar en el último tomo de
la enciclopedia Los toros. Se siente
reconfortado: pagado y en el ambiente intelectual que le gusta.

Este trabajo le lleva a menudo a la
Biblioteca Nacional, en la que hace fichas y transcribe documentos siguiendo
las indicaciones de su protector. También visita lugares que le puedan aportar
una visión complementaria aunque, en ocasiones, la fantasía del creador puede
más que el trabajo documental y se le acaban encargando las biografías de los
toreros más pintorescos. Los especialistas, por contraposición al tono
enciclopédico y neutro del volumen, advierten la voz personal del poeta en las
reseñas, entre otros, de Espartero, Tragabuches,
Reverte y Lagartijo. Pero todo ello no sólo le sirve para sentirse por fin a
gusto en Madrid, sino para que la terminología y el significado simbólico del
mundo taurino dejen de ser un asunto para hacerse un hueco y pasen
definitivamente a formar parte de su poesía más personal, en la que también va
asentándose la influencia de los clásicos y, en especial, de los poetas del
Siglo de Oro.

Está escribiendo entonces El rayo que no cesa, continuación
parcial de otros libros fracasados. No hay en él “poesía taurina”, al estilo de
algunos de sus contemporáneos, sino la presencia del toro como símbolo del
enamorado obsesionado por la muerte hasta el punto de que el rayo se convierte
en la espada de matar. Hay mucha emoción y belleza en estos sonetos que se
publicarán, con escasa difusión, en 1936 y que sería el primer libro del poeta
editado en el franquismo por la mediación y los cuidados de Cossio y de Vicente
Añeixandre para honrar su memoria y para ayudar a su familia. “Como el toro he
nacido para el luto” escribe en el impresionante soneto 23 que termina de modo
hermosamente dramático:

 

Como el toro te sigo y te persigo,

y dejas mi deseo en una espada,

como el toro burlado, como el toro.

 

A lo largo de El rayo que no cesa se camina sobre la arena, la sangre produce
nudos en la garganta, aparecen cornadas “amorosas y cálidas” y la muerte
vestida de piel de toro “toda llena de agujeros / y cuernos de su mismo
desenlace”. Su vida amorosa, complicada, y el tremendo golpe del fallecimiento
de su amigo Ramón Sijé (“compañero del alma, compañero” en la elegía que
comienza con el famosísimo “Yo quiero ser llorando el hortelano”) encuentran en
el mundo del toro la simbología adecuada para expresar la pena del hombre
abandonado –también la suya, la del poeta- que ve en horizonte la muerte como
una liberación, como la salvación definitiva. La tauromaquia y la suerte de los
toreros no es ya “el tema”, como en los denodados esfuerzos tras la muerte de
Sánchez Mejías, sino la vida que se amasa y se padece en los versos. Había
descubierto todo el transfondo cultural y simbólico de lo taurino y lo vivía –y
escribía- como propio.

Después vino la guerra, la
persecución  y la muerte, el 28 de marzo
de 1942 y tras un desastre de descoordinación y desatenciones en su
tratamiento, en la prisión de Alicante. No podían cerrarle los ojos pero, como
dijo Aleixandre, “el fugo de la vida estaba en su alma”. Quizá aquellos ojos
que todos recordaban estaban, incluso muerto, mirando al toro. O, como el toro,
mirando al torero.

 

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