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No se sabe bien si el
presidente Rodríguez Zapatero, en las cuestiones internas de su partido e
incluso en la batalla electoral próxima, se ha puesto de perfil libre o
forzadamente. La decisión es suya, no hay duda, pero el fundamento de la misma –o
lo considera conveniente o le hacen considerarlo así- no lo parece tanto. La
idea de que se ha convertido en un problema para el PSOE es ya antigua y las
presiones para que anunciara su renuncia a la reelección antes de los comicios
de mayo alcanzó cotas sorprendentes. Sorprendentes e inútiles porque quienes
pensaban que, “sin Zapatero”, podían recuperar terreno fueron arrasados
igualmente por el tsunami del Partido Popular y porque, la noche de autos, tuvo
que salir el presidente a la palestra a hacerse cargo y mostrarse responsable
del fracaso. Este fin de semana, en la proclamación como candidato de Alfredo
Pérez Rubalcaba, el presidente y secretario general no va a intervenir, lo que
constituye o bien un gesto de poca elegancia por parte de quienes son algo
porque contaron con su respaldo o un síntoma de cómo están las cosas, de ese
afán desesperado por olvidar el pasado reciente, el pasado presente si se me
permite la expresión. Olvidarlo todo, vamos, incluido o empezando por el
presidente.

Ayer anunció que la
salida del Gobierno de Pérez Rubalcaba dependerá sólo del candidato. Ni del
presidente, que elige y remodela su Gabinete, ni de los órganos del partido
sino de la intuición del cabeza de cartel acerca de lo que le resulta más
conveniente. La duda es si su estratégico “alejamiento” renta más que el efecto
mediático de su presencia en el Gobierno, asunto más importante, en el fondo,
que la retórica con la que pueda presentar un “nuevo” diagnóstico o un “nuevo”
proyecto. Tendrá que ser pronto, de todos modos, porque, de otro modo, y como
síntoma de los peligros que se ciernen sobre el PSOE, la discusión y la
rumorología sobre esta decisión acabarán teniendo más importancia que cualquier
otro empeño.

Lo que queda por saber
es si también la decisión sobre la convocatoria de las elecciones, es decir, si
se adelantan o se intenta cumplir todo el periodo de la legislatura, va a ser, en
el fondo, del presidente o del candidato, de los apoyos que pueda conseguir el
primero (que son los de los nacionalistas vascos) o de los intereses estratégicos
del segundo independientemente de la aritmética parlamentaria. Si Pérez
Rubalcaba quiere, como parece, presentarse solo ante el peligro, sin el lastre
del presidente y del Gobierno del que ha sido vicepresidente, puede ser tan
nocivo dejar la acción política a estos durante demasiados meses como querer
cortar por lo sano y saltar a la arena “con un discurso muy esperado”, como
estos días se dice. Pero lo que ya no tiene ningún sentido es insistir en que
la demora, si es posible, está justificada por las reformas. En todo caso, por
las convulsas reformas en el seno del PSOE.

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