Etiquetas

El desconcierto
producido por la crisis económica está haciendo que surja con fuerza un
paradójico afán proteccionista. Lo tiene la extrema derecha que se va haciendo
con cuotas de poder e influencia en muchos países de la Unión y que, bajo el
rótulo de proteger la producción o el empleo nacionales, desea erigir barreras
tanto a la inmigración como al libre comercio. Pero también hay un movimiento
proteccionista en otros sectores ideológicos, la izquierda incluida, que se
vuelven contra la libertad de comercio. Unos bajo el paraguas de que el libre
intercambio de productos sirve a las empresas nacionales para bajar los
salarios. Otros porque tratan de convencer, o de convencerse, de que aquella libertad
es una añagaza de las multinacionales que buscan, en cada lugar, la producción
más barata. Y los hay también que, un tanto pudorosos, aceptan lo reaccionario
que es en el fondo que, en plena construcción europea, se defiendan las
prohibiciones o las tasas de importación nacionales, pero lo exigen a nivel de
la Unión.

El proteccionismo se
opone, como demuestra la estadística comparativa de los países que comercian en
el mundo, al progreso. De hecho, las barreras comerciales van directamente
ligadas a la pobreza, tanto en épocas de crisis como de bonanza económica. Ha existido,
y como se ve renace ahora, la tentación de proteger a los productores
nacionales creando un mercado cautivo. Si el espárrago de Perú, por poner un
ejemplo, es mejor y más barato que el nacional, hay que establecer barreras,
bien con prohibiciones o cuotas o bien con impuestos a la importación, para que
los ciudadanos de un país se vean obligados a comprar los que se cultivan en el
propio territorio. El beneficio de unos, los que los venden, va en contra del
perjuicio de todos los demás, los que los compran, pero, además, impide la
innovación y la mejora competitiva de la producción. No sólo eso, las barreras
comerciales, como reclaman los países menos favorecidos, son un impedimento
riguroso a su crecimiento y desarrollo. Sorprende, por ello, que, desde
sectores sociales proclives a las doctrinas sobre la solidaridad, el
internacionalismo y el apoyo a países emergentes o del Tercer Mundo, se oigan
cada vez más fuertes las voces que reclaman el proteccionismo.

Hay en ocasiones una
competencia desleal basada en las condiciones penosas que en algunos países se
hace trabajar a los ciudadanos (bien sea por salarios de miseria o por el
incumplimiento de normas elementales como el trabajo infantil o las condiciones
laborales). Oponerse a ellas, exigir que los organismos internacionales lo
impidan o exigir, en las medidas de reciprocidad, que la libertad comercial se
module con el cumplimiento de estas reglas, es una cosa, pero la tendencia a
establecer barreras para los productos nacionales –o europeos- que no resisten
la libre competencia no es otra cosa que la paralización del progreso y el dar
carta de naturaleza al perjuicio causado a los consumidores.

Los retos de la
globalización, que es una consecuencia del desarrollo humano, no sólo económico,
no se resuelven negándola o prohibiéndola, sino con la necesaria innovación
para dar con productos mejores y más competitivos.

Anuncios