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No debe ser fácil para el PSOE definir en este momento que pueda ser una verdadera política de izquierdas a la vista de cómo se aferra a lo que sus intérpretes llaman “guiños”. Si elevar el mínimo inembargable para responder al endeudamiento de las familias y a la incapacidad de reestructurar el sistema financiero y la claridad y exactitud de sus balances es el no va más de una política de izquierdas, apaga y vámonos.

Si unas declaraciones pretendidamente impactantes sobre la maldad de los bancos es el límite al que puede llegar el convencimiento de que los poderes públicos tienen la información precisa para tomar decisiones convenientes para todos, la izquierda no sería sino una retórica para disfrazar políticas contrarias. Y si la elevación de la imposición de salarios elevados se tiene que hacer aludiendo únicamente a los banqueros es que, además de retórica, se renuncia a establecer condiciones precisas a las entidades que reciben dinero público o están directamente controladas por los poderes públicos.

La diferencia fundamental entre una política de izquierdas y una de derechas está, como decían los clásicos, en la fe que se tenga en la acción de los poderes públicos. La desgracia para la izquierda es que, desde hace ya tiempo, esa acción pública no es política, ni acaba basándose en un concepto del papel del poder, sino en el mero gasto de recursos públicos.

La fe de la izquierda ha quedado reducida así a creer que todo gasto público, por el hecho de serlo, es conveniente y, por ello, cuando falta el dinero parece desaparecer la izquierda y sus propuestas.

No hay extensión ni sostenimiento posible del Estado del Bienestar sin crecimiento y recursos pero este hecho es tanto un límite para las Políticas de izquierdas como de derechas, es decir, es el terreno de la realidad en el que ambas deben moverse. Fuera de ella solo caben las utopías, y no como un ideal lejano en el horizonte sino como un mero error de cálculo. Pero, en ese marco económico y en el de la sociedad abierta (por la que transita la socialdemocracia y el liberalismo), caben concepciones de izquierda que da la impresión de que, al menos en el PSOE, o han desaparecido o no encuentran acomodo en sus actuales dirigentes. De hecho, en el pobre esquema en el que se desarrollan “los gestos”, solo cabe o la tonta descalificación del adversario como sátrapa o la pobre referencia a que, cuando gobierne la derecha, hará lo mismo.

El problema, cuando cada día falta menos para enfrentarse a las urnas por mucho que se quiera demorar la fecha, es que no se conseguirá explicar al electorado que pueda ser una política de izquierdas para el momento presente sin reconstruiría previamente. Y no veo, por el momento, arrasados los teóricos y los socialdemócratas clásicos, como el PSOE y sus candidatos van a poder hacerlo. Harán “gestos”. Y hasta “guiños”, pero…

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