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Con unas pocas
abstenciones y la oposición de 79 diputados de la izquierda (que querían más,
la inclusión en la Constitución de la prohibición de lo nuclear, sea cual sea
su uso), el Parlamento alemán aprobó el jueves el “apagón nuclear” para el año
2022. Ya se sabe que los ejemplos o las declaraciones de líderes extranjeros
sirven no según quien las haga ni por qué sino en función de una coincidencia
previa. Merkel sirve a los enemigos de la energía nuclear con este radical
viraje y a las derechas por su política económica. No es la única. También las
declaraciones del Vaticano sirven para los partidarios del “No a la guerra” y a
los conservadores desde allí se exponen criterios morales. Sin embargo, la
decisión impulsada por la canciller en Berlín se refiere a un antiguo y tenso
debate, afecta a decisiones ya tomadas en España y se enmarca en el efecto que
en la opinión pública europea (también alemana y española por tanto) ha tenido
el accidente tremendo de la central japonesa de Fukushima.

No es en España un debate
“caliente” y, para constarlo, basta con ver el escaso resultado que en las
elecciones locales de mayo ha tenido el dibujo que del PP han hecho los
socialistas como “el partido de la energía nuclear”. Tampoco lo ha sido el
parlamentario para aprobar proposiciones sobre la seguridad en las centrales
ni, por el contrario, las protestas de la derecha por el cierre de Garoña. Pero
no por ello deja de ser un debate serio y necesario que debería incluir el uso
de lo nuclear, las alternativas y sus costes, la seguridad de las centrales y
el marco general de una reforma del sistema energético español. A nadie se le
oculta que Merkel ha reaccionado, más que convencida, por ese “termostato” que
le atribuyen en política interior para conseguir en cada momento una cierta
temperatura de tranquilidad. Con sus problemas crecientes con los liberales de
la coalición que preside, el acercamiento a los Verdes, en esta materia y en
otras, una garantía y una advertencia a sus socios. La fecha de 2022 tampoco asegura,
como algunos críticos han apuntado, que las cosas en ese momento –y salvo el
caso de las centrales más antiguas- vayan a ser necesariamente como ahora se
planifican o, al menos, no del todo. El “termostato”, lo maneje quien lo maneje
en el futuro, puede sugerir más adelantes otros rumbos del mismo modo que, para
aprobar el jueves el “apagón” se modificó radicalmente la doctrina antes
defendida.

Quizá en el caos
político que vivimos en España sea utópico avanzar sobre la energía nuclear
serio y matizado, pero no por ello deja de ser necesario. El “mix” energético
no puede ser utópico ni tener en los próximos años un coste que nos haría
descender aún más en este maldito plano inclinado. Si la energía nuclear es, en
ese contexto, por el momento necesaria los futuros avances tecnológicos en su
producción no obvian la necesidad de una seguridad creciente y tranquilizadora,
sin que nadie pueda asegurar, claro, que los riesgos –como los de otras tantas
actividades- desaparecen por arte de magia. Tampoco es eterna, con lo que las
energías alternativas deben ser una preocupación racional y razonable y no como
hasta ahora se ha planteado con una mezcla de optimismo sin fundamento y
enmascaramiento en unas tarifas que no ayudan a la competitividad industrial.
Debatir, con matices y propuestas en vez de con frases contundentes y
negativas, es, más allá de los hábiles gestos y triquiñuelas de Angela Merkel,
necesario. Más que apagón, se debe hacer, en torno a este estema delicado, un
poco de luz.

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