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Si las iniciativas posteriores a los debates sobre el estado de la Nación tiene casi siempre un tono retórico, más en este caso en el que las propuestas son como aldabonazos para la despedida del presidente y su partido y la espera de nuevos tiempos. El PP, en este contexto, insistía en que, a pesar de las apariencias y de las críticas que tan a menudo recibe, nunca ha habido un partido de la oposición que haya presentado en el Congreso tantas iniciativas y propuestas. La cuestión, de todos modos, no es tanto el número sino su sentido y la pedagogía política que se haga con ellas. En otro periodo de grave debilidad política de un Gobierno socialista, de 1993 hasta el triunfo de Aznar en 1996, el PP, con una intensa  generación de proyectos e ideas, no sólo tomó la iniciativa sino que esa actitud proactiva caló en la opinión pública y dominó la actividad parlamentaria. El equipo del PP, en el que Rajoy tenía un importante papel, daba la impresión de que, si no gobernaba en ese momento, lo podía hacer de inmediato con un programa que se visualizaba claramente y se explicaba concienzudamente.  Y todo en base al programa de las elecciones de 1993, que es quizá el mejor de los elaborados por el PP en toda su historia.

Ahora puede haber muchas iniciativas, pero la impresión (es decir, el efecto político) no es el mismo. Las propuestas pasan desapercibidas y la izquierda asegura que no hay programa alternativo y la derecha que falta empuje y concreción. El propio PP, que enarbola su listado de iniciativas, dice al mismo tiempo que ni le corresponde gobernar ni, ya más en privado, arriesgarse a la discusión de medidas concretas antes de ganar las elecciones. No le ha ido nada mal con la estrategia, eso es verdad, aunque todos coinciden en que el mérito está en el desastre y la crisis del Gobierno más que en otra cosa.

Este miércoles, por ejemplo, y tampoco era la primera vez, el PP aprovechó el debate para sugerir de nuevo la reforma de la Ley de Estabilidad Presupuestaria, que es una idea excelente. En su propuesta se da a entender que la negativa del Gobierno a formalizar en la ley las exigencias de una ortodoxia financiera pone en duda la voluntad real del PSOE de cumplir continuadamente los compromisos establecidos con la Unión Europea. Si no es esto, será, de todos modos, que el Gobierno quiere (o más bien quería) atarse las manos por si, por una casualidad imposible, las circunstancias diera posibilidad a otras políticas presupuestarias o a arreglos coyunturales con comunidades autónomas. Una y otra cosa deviene impensable. Pero si el PP lo propone, antes y ahora, es que quiere tomarse en serio el ajuste para los próximos tres años y se podría esperar, para tranquilidad de unos y otros, alguna concreción que no llega.

El PP quiere dar la impresión, con acierto en todo caso táctico, de que se pueden cumplir esas obligaciones sin el coste social que han supuesto las del Gobierno. Pero eso es un deseo o una promesa vaga, no una propuesta de las que sin tendrían calado político como las tuvieron muchas de la etapa inmediatamente anterior al triunfo electoral de Aznar. Otro ejemplo sobre lo mismo: cuando Rajoy reprochó a Rodríguez Zapatero la congelación de las pensiones se preguntó en la tribuna del Congreso si el presidente no había sido capaz de encontrar en otras partidas el ahorro que aquello suponía. Se esperaba que, a continuación, le dijera como hacerlo, pero no ocurrió. Ni ahora. No trato de obligar al PP a hacer ahora su programa, y que este sea detallado, sino de explicar por qué las muchas iniciativas y críticas no se perciben como propuestas y alternativas.

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