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Quizá para no parecer
desarbolado, el presidente del Gobierno no dejó ayer espacio en su discurso a
la autocrítica. Si de nada sirve aquello tan tierno del “arte de rectificar”
con el que se adornaba cuando todo iba viento en popa y se permitían las bromas
es porque lo que Rodríguez Zapatero ya no puede evitar es la sensación de
cansancio y de despedida. Como un corredor de fondo agotado promete llegar
hasta la meta sin darse cuenta de que se trata de una carrera de relevos y
podría, antes de lo previsto, dejar el testigo a otro, sea o no de su inicial
equipo, que tampoco eso está en su mano.

En este último tramo,
resistencia numantina, por tanto, para un proyecto ya diseñado, sin nuevas
reformas ni el replanteamiento profundo de algunas apuntadas y sugeridas que,
peor que bien, se han quedado a medias en el camino. El buen parlamentario
necesita dosis de retórica pero, a estas alturas, la retórica ya no vale, ni de
hecho el ser buen parlamentario. No hay discurso complacido –ni en lo que a las
buenas intenciones se refiere- que valga hoy para retomar un esfuerzo que
precisa mucha energía y las razones para dar la impresión, aunque sea sólo una
pantalla momentánea, de que la legislatura se va a completar parecen, en este
contexto, demasiado pobres.

Además, esta despedida
interminable no acaba de encontrar los resortes para ofrecer al futuro
candidato socialista un poco de árnica ni para que éste formule una
alternativa. Los gestos, sin concretar, acerca de las ejecuciones de hipotecas
o sobre la subida de las pensiones el próximo año, o las benevolentes palabras
acerca del compromiso social del Gobierno revelan que, ante la magnitud de los
problemas, ya sólo quedan parches. Pueden contener alguna vía de escape, pero
nada más. La solución, desde luego, no está en reconocer que se  se acometió con tardanza la “burbuja
inmobiliaria”, que se ha venido abajo por la crisis y no por una concreta
política gubernamental aún pendiente en balances bancarios y deudas familiares,
sino que, ni en la bonanza ni en las dificultades, se ha logrado la
modernización de la economía española que, de modo teórico, estaba en el
discurso de investidura del presidente en 2004. Siguen pendientes profundas
reformas, transitoriamente dolorosas, para las que no hay ni tiempo ni
condiciones en el escenario de debilidad y despedida que se vive.

Lo que vaya a pasar en
otoño quedó velado, pero el presidente sabe que si, al final del verano –quizá antes,
en el último Consejo de Ministros de agosto- no puede ofrecer un panorama con
el consenso necesario para aprobar los Presupuestos de 2012 (o sólo lo podría
con cesiones a minorías que no serían ni convenientes en el fondo y en la forma
electoral), no tendrá otro remedio que convocar elecciones anticipadas.

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