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La vida es una cadena de relaciones. El poeta Fernando Operé me presentó en la Universidad de Virginia al novelista argentino Mempo Gardinelli y los dos me dejaron entrar en el espacio que su especial sintonía humana y literaria había creado. Mempo, tiempo después, me invitó a las Jornadas sobre la Lectura que cada mes de agosto organiza en Resistencia, en el norte de Argentina. Las Jornadas son un aconteimiento especialísimo en el que participan escritores, críticos y editores llegados de medio mundo y miles de profesores y maestros y estudiantes de la Universidad. Digo miles porque son miles, no por un afán de subrayar la buena acogida que tienen en todo El Chaco.

Cuando estuve allí, en una lectura de poemas, subió al estrado, con aire cansino pero con una vivacidad en la mirada que no se podía hurtar, Eduardo Fracchia. Eduardo era profesor de filosofía en la Universidad y autor de numerosos ensayos filosóficos y culturales. También poeta galardonado pero, en aquel momento, para mi desconocido. Se que no soy un escritor dotado para la poesía (mis incursiones son siempre trabajosas) pero también que se distinguir, en cuento lo leo o lo escucho, un buen poema. Y un gran poeta. Y aquella tarde, en Resistencia, quedé cautivado.

Y, siguiendo esa red de relaciones, charlé, aprendí y me reí con Eduardo Fracchia durante aquella inolvidable estancia en El Chaco. Y mantuve con él una enriquecedora correspondencia hasta su fallecimiento en 1999. Ya estaba enfermo en aquel primer encuentro pero su sabiduría y su empuje eran arrolladores. Y su aliento literario y humano. Reproduzco, como homenaje, los versos de un poema de uno de sus primeros libros.

LIBRAME

Líbrame, señora,
de la tenacidad de los
pétalos del aire.
Líbrarne del sermón de la ceniza
con sus heraldos de
falso crepúsculo, metafísicaenarboladura,
fallida matriz de consumido
fuego.

Líbrame de la palabra nunca acabada,
ya generosa
idea, cuando aún hay una gota de sangre 

que prefiere la abierta
dignidad de la
herida.

Líbrame del
cuerpo
cuando es una desventura, súbdito
y soberano.

Líbrame, señora,
de los mercaderes de corazón puro
porque son

fundamento,
mármol blanco para derribar la
magnolia.

Líbrame
de los que no se abstienen de la sombra

en el purgatorio de la luz.

Líbrame, señora,

del carbón ardido en diáfano sacramento,

porque en él tu historia es lágrima
perpetua.

Líbrame del pan si es profeta de minorías.


Líbrame de la razón
y la garganta si no son oficio
de hierro y estocada.

Líbrame de la paz cuando es renuncia
sometida,
nacimiento en los sótanos, estría inaccesible.

Líbrame de
las banderas que no son racimo.

Uva heroica.

Líbrame de toda certidumbre si es
nostalgia.
Fábula de infinito.

Líbrame
del cruel ejercicio de amar con
estrategias.

Líbrame madre,
de esta arbitraria
humillación
cumplida en el 

escenario de cada madrugada.

Acaso no haya otra ley que la del hábito,

otra patria que la imprecisa del olvido.

Líbrame, entonces,
de las gramáticas que cortan el
fino cordón de la

palabra,
la mañana del pensamiento cotidiano.

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