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En plena crisis griega –y sin que se sepa aún si podrá resolverse razonablemente- el Fondo Monetario Internacional, como antes la Unión Europea, vuelve a señalar las deficiencias de la economía española y a sugerir reformas incómodas y dolorosas. Está de moda achacar estas exigencias a una suerte de dictadura de los mercados o del capitalismo rampante en cualquier institución u organismo, pero, muy a menudo, estos enfados no son sino una doble disculpa: para no reconocer nuestros errores pasados y recientes, que nos han colocado en una lamentable situación en la que están algunos de nuestros socios pero no otros, y para no tomar de inmediato las medidas precisas para enderezar el rumbo. Las cosas son como son y, si no se actúa con rotundidad y urgencia, el único camino es el que lleva al desastre.

El presidente del Gobierno, ante las reclamaciones de elecciones anticipadas, argumenta que debe completarse el programa de reformas, que sería lo prioritario, señalando que quienes dicen que trata de ganar tiempo para una mejor circunstancia electoral para el PSOE se equivocan o mienten. Si fuese como asegura, el agotamiento de su mandato estaría justificado, aunque en ningún caso sea fácil ponerse a la tarea que queda. Desde luego, la aguada reforma de la negociación colectiva no puede ser el tema estrella cuando acabamos de comprobar que la reforma laboral ha sido insuficiente, que el sistema financiero hace aguas sin una reestructuración seria, que nos queda la reforma del sistema energético –tan importante para una mínima reactivación industrial-, que los déficits de las comunidades autónomas lastran el esfuerzo de estabilidad de las cuentas públicas, que la falta de crecimiento convierte en imposible tanto la creación de empleo como la reducción de la deuda de familias y empresas, etc.

No somos Grecia, se decía cuando se trataba del primer rescate y se vuelve a decir ahora. Y es cierto, tanto por nuestras ventajas comparativas como por el efecto devastador que podría tener que nuestro débil línea de reformas y mejoras se quebrara. El problema del presidente Rodríguez Zapatero, que sin duda sabe lo que hay que hacer (porque a estas alturas lo sabe todo el mundo, aunque no quieran ni saberlo ni que se haga), es el efecto inmediato, no a medio y largo plazo, que pueden tener las reformas necesarias –y tan demoradas- en la opinión pública.

Al parecer, ya hubo con la negociación colectiva tensas discusiones en el Consejo de Ministros entre quienes querían dar un paso (de los varios necesarios) y quienes preferían, por ideología o por miedo electoral, dar sólo medio. Entre los primeros estaría el presidente, que se impuso, y entre los segundos el vicepresidente y candidato del PSOE. Y esa es, además de la externa, una dificultad interna adicional para el programa de cambios que se precisa y se exige. No sólo para contener la sangría de intereses de la deuda, sino para la elemental recuperación económica. Esa es la disyuntiva del presidente y necesitará muchos arrestos, dentro del PSOE y fuera de él (y a pesar de su debilidad, también externa e interna), para justificar que el agotamiento de la legislatura se debe, precisamente, a estas reformas.

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