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Al parecer todo el mundo está encantado con que la manifestación del 19-J haya sido, además de muy numerosa, pacífica. En la mayoría de elogios que desde el domingo he leído o escuchado se insiste en ello, lo que no deja de sorprenderme ya que o se trata del mayor valor que le dan los que así se manifiestan o se pretende defender las movilizaciones de acusaciones que, en todo caso, son minoritarios. Los episodios violentos han sido pocos, este “Movimiento” (es de esperar que busquen otra palabra) se ha desligado de ellos e incluso en los momentos más tensos ha tenido más apoyos que críticas.

La protesta pacífica me parece muy bien y el éxito de la misma pasa por la tranquilidad de las acciones y por la acentuación de un malestar que es mucho más amplio que el de las acampadas y manifestaciones como vienen recogiendo los sondeos del CIS desde hace ya bastante tiempo. No podía ser menos tal y como están las cosas. Sin embargo, las manifestaciones del domingo pasado no sólo eran una muestra de indignación. Tenían el objetivo declarado de mostrar un rechazo contundente al “pacto del euro” y eso es ya otra cosa. Los acampados y sus voceros han venido diciendo que no se les puede pedir un programa como si fuesen un partido político y creo que, en este punto, tienen toda la razón pero, sin embargo, todos o algunos de ellos proponen una y otra vez proyectos y reclamaciones, aunque a menudo no sean concretas, y, si lo pretenden así, así habrá que juzgarles.

En la situación de  crisis que vive España, proponer que se ponga en cuestión, se rechace o se someta a referéndum el pacto del euro es, si se me permite, una barbaridad. En primer lugar porque no se podría hacer sin salir del euro y renunciando a las garantías y beneficios que supone. En segundo lugar porque las exigencias que implica no son el capricho de un funcionario europeo o de un socio malvado, sino la base de la supervivencia de la moneda común y de las cuentas públicas de cada uno de los estados de la zona euro. O lo aceptamos o nos sumimos en la ruina fuera de una zona que no nos ha supuesto sino ventajas.

Quienes están en contra del pacto del euro (acusando al Gobierno de ser cobarde o enemigo de los desfavorecidos) olvidan, además, que nuestros problemas para mantener la coherencia económica y la estabilidad del euro, son de dos tipos y ninguno de ellos es achacable al pacto. Entre otras cosas, porque ambos son anteriores. En primer lugar, son las empresas y los ciudadanos los que se han endeudado –en una falsa apariencia de bonanza- hasta límites inaguantables. Y, en segundo término, el Gobierno ni quiso darse cuenta a tiempo de la dimensión de la crisis ni ha acertado con las reformas necesarias más por miedo escénico –por nuestra resistencia al cambio- que por motivos ideológicos. Y es precisamente cuando se toman las riendas de una solución, sin duda dolorosa, cuando se sale a la calle para atacar un acuerdo europeo que no es sino una muestra del sentido común y del sentido de la responsabilidad.

Yo no tenía dudas de que las marchas iban a ser pacíficas. Y numerosas. Pero si el desiderátum de la indignación es atacar el pacto del euro permítanme que me aparte.

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