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Todavía no se han elegido alcaldes ni presidentes regionales después de las elecciones del 22 de mayo y el desencanto se ha adueñado de todo. Los vencedores -el PP en casi todos los sitios- ha trocado la alegría del triunfo por el tono apesadumbrado o rabioso con el que presentan las cuentas públicas que se van a encontrar, los que mantienen el poder -también el PP en casi todos los sitios- se sienten en la obligación de dar explicaciones y esbozar nuevos rumbos sobre lo que hasta ayer se presentaba como ejemplar y los que han perdido -el PSOE en casi todos los sitios- se ven obligados a justificar, a veces balbuceando, lo que durante la campaña era un pliego de éxitos de gestión. Está todo el mundo tan desanimado que hasta los “indignados” dan claras muestras de cansancio.

En este mundo de burbujas hubo otra, como se ve, en torno a las elecciones que acaba de estallar incluso antes de la sustitución de unos por otros. Se ha dicho estos días que buena parte de estos debates son estratagemas para desacreditar a los que abandonan los gobiernos o para poner la venda antes de que todos vean la herida del incumplimiento obligado de algunas de las alegres promesas electorales, pero la estratagema, más o menos impresentable según los casos, ni las quejas angustiadas de los perdedores, no oculta que ayuntamientos y comunidades autónomas parecen haber vivido una larga temporada de caos económico que ahora es preciso reparar. Cuando PP y CiU ponen sobre el tapete, como ocurrió el martes, la fragilidad y el peligro que se cierne sobre el modelo sanitario -sobre cuya importancia no hace falta insistir- y el Gobierno, al defenderse, no es capaz de defender seriamente la situación del sistema, nos podemos hacer una idea de la gravedad del problema.

Echarse mutuamente las culpas (la gestión de unos, el y “tú más” en aquella región, la acusación de dañar “la imagen” del país, etc) parece algo inevitable tal y como se debate entre nosotros, pero el triunfo en la discusión sólo sirve para contentar a los protagonistas de la batalla dialéctica. El resto padecen las consecuencias de costumbres insostenibles, basadas casi todas ellas en la voracidad pública y en el clientelismo local y regional, de las deficiencias de los servicios, de la incertidumbre y del desorden contable. Si unos otros, nuevos o viejos gobernantes y opositores nuevos o antiguos, son representantes de todos los ciudadanos, es el momento, me parece, de exigir soluciones. Muchas serán dolorosas, no hay duda, pero pueden al menos ir resolviendo a medio plazo cuestiones que, si se dejan como están, nos llevaran al desastre. Y, seriamente planteadas y explicadas, pueden asimismo generar no satisfacción, que es imposible ahora, pero si confianza en el rumbo que se marque.

El reconocimiento de la situación real para facilitar los cambios es más importante que sostener esta legislatura hasta el final previamente previsto. Quiero decir que, si no es para profundizar en cambios y reformas, no merece la pena prolongar la agonía.

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