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El triunfo del Partido Social Demócrata (de centro derecha a pesar de que el nombre pueda resultar equívoco entre nosotros) en Portugal plantea la cuestión, en el contexto de una Europa en la que los partidos socialistas son ya claramente minoritarios, de si los electores consideran que, en momentos de crisis, la derecha es mejor gestora de la economía. He escuchado y leído esta valoración ahora que Sócrates ha recibido un varapalo electoral y en cada ocasión anterior en la que los socialistas europeos han perdido alguno de sus feudos. No es una cuestión baladí pero, al mismo tiempo, las encuestas, coincidentes en diversos países europeos, reflejan una pronunciada desconfianza sobre la capacidad de los nuevos gobernantes para resolver los problemas que sus antecesores han sido incapaces de encauzar. Si Merkel salió con bien en las últimas elecciones generales alemanas (cambió una coalición con un gran partido, el de los socialdemócratas por una con un partido menor y menos condicionante como el liberal), sus mejores resultados económicos no logran detener la desafección, constatada por los comicios regionales y por las encuestas. En Francia, en donde se ha encarado la crisis mejor que en España y Portugal, los sondeos más recientes apuntan a que los socialistas, incluso después de los efectos traumáticos del asunto Strauss-Khan, van por delante de Sarkozy ya sea el candidato Aubry u Hollande. Quizá estemos ante una situación de desencanto general con los gobernantes que favorece, en las urnas o en el estado de la opinión pública, a los partidos opositores que, hasta hace no mucho y en buena parte del continente, eran los de centro-derecha. Con menos rigor y más extravagancias, no hay duda, las urnas parecen también dar la espalda en Italia a Berlusconi.

Hay que subrayar, en este sentido, que, en el caso de Portugal, el partido ahora ganador no se ha caracterizado ni por una posición “a la contra” ni por un planteamiento edulcorado ante sus votantes. Apoyo las reformas y los duros ajustes del Gobierno socialista y, cuando no lo hizo y dio lugar a la convocatoria anticipada de elecciones, lo justificó subrayando que la última propuesta de Sócrates era insuficiente, que se necesitaba más ajuste y más dureza, y que se trataba de un plan para evitar el rescate –que luego llegó- a cambio de no resolver seriamente los problemas de la economía del país vecino. Si no se puede negar que, tras reiterados fracasos y el rescate, son los socialistas portugueses los que, antes que nada, han perdido las elecciones, tampoco que el centro-derecha ha prescindido, en pro de la seriedad de sus planteamientos, de afeites y maquillajes acerca de lo que vendrá a continuación.

La afirmación de que las elecciones sirven para “cambiar” de Gobierno cuando el actual ha dinamitado la confianza es un tópico pero no por eso resulta falsa. No es fácil, desde luego, ganar desde la oposición cuando los electores no ven motivos claros para cambiar. Pero esta constatación no convierte a los votantes en una suerte de aventureros para los que, con tal de cambiar, todo da igual. Para ganar, estando en la oposición, se necesita, al menos, un poco de lo que Jospin recomendaba para todo programa político: una cuota de utopía para ilusionar y una cuota de realismo para que, si se gana, no haya que cambiar inmediatamente el programa. Creo que algo de esto ha ocurrido en Portugal.

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