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Habrá que volver otra vez a la manida discusión sobre si la formalidad del acuerdo es más importante que el contenido de los acuerdos. De hecho, a la CEOE se le reprocha ahora que “impida” un acuerdo con los sindicatos sobre negociación colectiva cuando, de la misma manera, se podría decir que los sindicatos “impiden” el acuerdo por no aceptar la última propuesta de los empresarios. Lo curioso, a un lado las preferencias previas de los observadores, es el valor que toma el “acuerdo”, el “consenso”, en detrimento de los contenidos y de las políticas que se vayan a llevar a cabo. Cuando el miedo a la crisis y sus consecuencias estalló del todo surgió esta misma mitología hasta en anuncios publicitarios: el PP debía hacer un esfuerzo y mostrarse de acuerdo con el Gobierno por el bien de España, que al parecer está en la apariencia del entendimiento y no en las normas que regulan la actividad de los ciudadanos. Cuando los sindicatos se opusieron a la reforma laboral el Gobierno, sin embargo, se mostró comprensivo asegurando que entendía sus razones y respetaba la pluralidad d enfoques de un asunto tan importante y sensible. Después, todos, patronos, sindicatos y empresarios firmaron la reforma de las pensiones, la madre de todos los acuerdos, y poco después se instaló el desencanto: se quedaron cortos para unos, no ha servido para nada para otros, etc. No se sabe muy bien por qué los empresarios, que han firmado ya suficientes acuerdos con la oposición de muchos de ellos precisamente por el “valor” del acuerdo mismo, tendrían ahora que suscribir uno sobre la negociación colectiva que les parece poco conveniente. Tampoco que los sindicatos lo presenten no como un rechazo a sus muy razonables reclamaciones, que tendrían que argumentar también ante la opinión pública, sino como una suerte de falta de valentía. El hecho es que los empresarios no están de acuerdo, presentaron su propuesta –que ha sido rechazada- y saben que la posición del Gobierno está más próxima a la suya que a la de los sindicatos. Si firman y no esperan estarían de lleno en el absurdo, al menos para los que no piensan que cualquier acuerdo forzado por las circunstancias es mejor que cualquier contenido establecido por los razonamientos de unos u otros. Quizá el Gobierno no acierte pero peor que el desacierto es la hipocresía que, una y otra vez, se instala en el debate.

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