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Si realmente se han convocado primarias y se pueden presentar otros candidatos además de Alfredo Pérez Rubalcaba no entiendo muy bien por qué el vicepresidente, formalmente, se da ya por cabeza de cartel del PSOE y, sobre todo, por qué da por finiquitado este procedimiento antes de tiempo y hace bromas sobre los muchos “dedazos” que, al parecer, le señalan aquí o allá como el elegido. La broma no quita la sorpresa y el malestar sobre esta urgente modificación procedimental y la elección, si termina siendo posible o si nadie logra los avales necesarios, le daría una legitimidad mayor que la que ahora tiene.

Pero más importante que todo esto es, sin duda, el proyecto que quiera ofrecer a los electores. Estos, sin listas abiertas, están ya acostumbrados a que los nombres sean pergeñados por los partidos como asunto, en el fondo, secundario, y se interesan por la verosimilitud y la seriedad de lo que se les ofrezca como programa. Pérez Rubalcaba, en su carrera de malentendidos con Carme Chacón, se acogió ayer a la experiencia que esta le reconocía. Y en la batalla en su partido en torno al liderazgo del presidente Zapatero, a su buena relación y su larga colaboración. Ninguna de las dos cosas puede ser negada, ciertamente, pero ambas le colocan en el centro de lo que ha llevado a la desafección de los votantes antiguos o posibles del PSOE: una gestión de la crisis que no se ha visto como seria y urgente, un coste social evidente y una constatación de que la modernización de la economía española –que era uno de los puntos centrales del discurso de investidura de 2004- no se ha llevado a cabo hasta el punto de sufrir más que otros y más que lo lógico los devastadores efectos de la crisis.

Si ese es su punto de partida no tiene, ciertamente, ningún sentido que el proyecto para estos meses –que no podrá encabezar al margen del presidente Zapatero y su Gobierno- ni el que presente a los comicios sea algo opuesto y divergente al que conocemos. Las llamadas a un “giro a la izquierda” o a ese tópico de que una “nueva política” domine las exigencias de los mercados no tienen ningún sentido en las actuales circunstancias y la anunciada Conferencia Política , a poca responsabilidad que presida el debate, no puede deparar al PSOE grandes sorpresas. Para empezar, el ministro Blanco dijo ayer que el giro es “al futuro”, pero esto no deja de ser una habilidad retórica, sobre todo cuando no se concreta. Es verdad que lo que se dice o se deja de decir en campaña electoral no tiene por qué determinar la política que, después, se lleve realmente a cabo pero la situación española es tan delicada que plantearlo con ligereza desde el Gobierno sería un peligro añadido de demasiada consideración.

Lo que Pérez Rubalcaba apuntó en su intervención del lunes es que los sacrificios y las penurias de tantos españoles son hoy los de una suerte de “salida de la crisis”, como los picores de una herida que se cura. Y la nueva política sería entonces, con cierto margen retórico, la que se aplicaría una vez terminada la citada salida. Coincide en esto con el presidente, que afirmó que en la campaña explicaría cómo estamos saliendo de la crisis, pero su planteamiento tiene el mismo problema que los deseos del secretario general: ni se percibe la salida, ni se ve el futuro inmediato con optimismo, ni sirven las cifras oficiales de consuelo para los graves problemas que padecen empresas y familias, ni esta suerte de alegría para el giro (al futuro) sirve para encarar las reformas pendientes, todas tan graves y dolorosas como urgentes.

La opción no es, me parece, entre un atleta lento de reflejos (el presidente) y un sprinter (el vicepresidente). Ni entre el republicanismo cívico (agotado) y la socialdemocracia (confusa), sino en la posibilidad de explicar los sacrificios pasados, presentes y futuros hasta el punto de sumar los apoyos que se han perdido. No es fácil y, desde luego, no se si sirve para dar la vuelta a la tortilla enmendar, ante los ciudadanos, la labor pedagógica y la claridad de ideas que hasta ahora no han hecho ni tenido tanto el presidente como el candidato.

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