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El plan de Rodríguez Zapatero era, como se sabe, convocar las primarias para, manteniendo hasta las elecciones generales el control del partido –o las relaciones del partido con el Gobierno- despedirse tan aparentemente neutral en la batalla interna como valedor de las costumbres democráticas con las que ha querido distinguirse del PP. La avalancha de peticiones de un Congreso, iniciada por el lehendakari López y sostenida por otros barones del PSOE, descalabró el plan inicial y dejó claros los términos de la controversia: o se convocaba el Congreso, abriendo las puertas a una suerte de debate ideológico que, no se olvide, implicaba el examen de la gestión del presidente y su sustitución al frente del partido, o se mantenían las primarias, es decir, la continuidad sosteniendo la neutralidad del aparato, como si se tratase de una herencia tranquila. Y el resultado de este ejercicio de presiones y negociaciones ya se sabe: renunciar al Congreso a cambio de una suerte de Conferencia para hablar de otra cosa que no sean candidatos y renunciar a unas primarias tan y como estaban previstas, es decir, entre candidatos con posibilidades reales y con la neutralidad del aparato. No se olvide que no hay partidario del Congreso que no sea, al mismo tiempo, partidario de que Alfredo Pérez Rubalcaba sea, sin problemas ni riesgos previos, el candidato del partido con el apoyo de barones, Ejecutiva y Comité Federal.

El problema de hacerlo sin estos riesgos es que el apoyo de los dirigentes (conseguido, sin duda, del mismo modo que sus sostenedores no lo han conseguido de los electores) implica, por mucho que se mantenga la apariencia de primarias, que se renuncia a dejar la elección del candidato en manos de los militantes. Convendría preguntarse, al hilo de esta evidencia, si la opción de los dirigentes, que es el actual vicepresidente aunque se haya hablado para ello de Congreso, debate de ideas, etc., es, para el reto de las elecciones, la mejor para el PSOE. Para sus dirigentes, no hay nuda, se han evitado una controversia y se han asegurado el liderazgo de un amigo coyuntural que, por el momento, no les pondrá en cuestión. No es, evidentemente, sólo eso: Pérez Rubalcaba es un político inteligente, con una capacidad que pocos han demostrado, y que puede tratar de controlar la situación, en el caos en el que se ha sumido el PSOE, mejor que la mayoría de sus compañeros.

Pero la cuestión es que este recambio no debe servir sólo para restañar temporalmente una herida interna de quienes tienen responsabilidades mayores o menores en el partido, sino para ofrecer a la militancia y a los votantes una opción segura de cara a las próximas elecciones generales. Los partidos se suelen equivocar pensando que sus cargos internos son una copia exacta de las personas habituales en sus sedes, que estas lo son de sus militantes y que sus militantes se identifican con los electores. Es, sin duda, uno de los riesgos de este particular vuelvo al plan previsto. Y habrá que analizarlo con más detalle durante los próximos días.

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