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El caso Dreyfus supuso en Francia uno de los grandes debates jurídicos y políticos. No solamente se discutía la inocencia o culpabilidad del militar judío acusado de espionaje, sino el antisemitismo latente en la sociedad francesa y la concepción misma de la nación ya que algunos, sin querer entrar en la inocencia de Dreyfus (o queriendo apartar la cuestión) defendían la idea de que poner en cuestión las decisiones políticas y judiciales suponía quebrar el concepto del orden institucional de Francia. Uno de estos era Maurice Barrès, uno de los escritores que, a lo largo de la historia, ha tenido más influencia en la política de un país por medio de la escritura. Enfrente, como todo el mundo sabe, Zola, que se tomó la defensa de Dreyfus con la pasión que ponía en todo y a costa de sus propios intereses materiales. La primera consecuencia de su famoso “Yo acuso” fue el apartamiento de muchos de sus lugares y trabajos habituales, entre otros sus colaboraciones en Le Figaro.

Pero no sólo Zola. Los jóvenes que escribían en La Revue Blanche fueron los verdaderos organizadores de la defensa de Dreyfus y los polemistas que se encargaron de buscar pruebas de su inocencia y convencer a los franceses de que el juicio debía ser repetido. Entre ellos, Jean Jaurès, luego uno de los principales dirigentes del socialismo francés, pacifista asesinado en las víspera de la I Guerra Mundial, que, receloso al principio, tomó claramente partido cuando el caso Dreyfus se convirtió, además de una cuestión de justicia con un hombre, en un asunto político fundamental.

No me interesa ahora, sin embargo, relatar el debate y sus consecuencias, sino el respeto entre todos ellos en medio de una dura refriega en la que no se hurta la contundencia y la ruptura de las viejas lealtades ideológicas. Jaurès trató siempre con delicadeza a su admirado Barrès aunque discutiera con él y viera quebrado el individualismo inicial de éste. Barrès relata en sus Cuadernos los almuerzos con un Zola del que discrepa abiertamente pero que respeta como escritor e intelectual, como si la conversación y la batalla política les mantuviera paradójicamente unidos. Este mismo Barrès, que consideraba a Jaurès y los jóvenes de La Revue Blanche “destructores” de la idea sobre Francia que él sostenía, les reconoce personal y públicamente al mismo tiempo su impulso civilizador en medio de la polémica y el acercamiento de la batalla política a la cultura. Me interesa el episodio, que no la anécdota, porque me pregunto por qué ahora, al menos aquí, parece imposible un trato y un debate similares.

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