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( Por un error lamentable incluí en este texto, sin firmar y sin el debido permiso del autor, la fotografía adjunta de la vicepresidenta , que es obra de Daniel Sánchez Alonso. Con la amable autorización posterior del autor dejo ahora constancia de mi error y su firma)

Pensaba que, pasado el trago (dulce o amargo) de las elecciones del pasado domingo, las estrategias –y digo las estrategias- de los dos grandes partidos iban a cambiar, aunque sólo fuese tras una rápida lectura de lo que las urnas reprochan o solicitan. No parece que haya llegado el momento. Y lo lamento. Es lógico que, en las actuales circunstancias, el PP reclame elecciones anticipadas, algo que ya hacía antes, pero no logro entender que, en el Congreso, la solicitud se convierta en un imposible teatral: la presentación de una moción de confianza. Si las elecciones anticipadas, aunque no se sepa concretar cuándo, tienen sentido, la moción de confianza no tiene ninguno. El Gobierno, abandonado por muchos de sus electores, mantiene los pactos parlamentarios y debe enfrentarse, para revalidarlos, al debate sobre el estado de la Nación que se celebrará el próximo mes de junio. La petición de Soraya Sáenz de Santamaría parece, sencillamente, un nuevo modo de pinchar al Gobierno en un teatro de los imposibles y que, además, tiene más fácil respuesta que cualquier otro y que es, claro, la que ha recibido: presente usted una moción de censura.

Las razones por las que el PP no va a presentar una moción de censura son, en parte, las mismas por las que el Gobierno no lo va a hacer con la de confianza. Podría el PP mostrar la debilidad del PSOE pero perdería la moción. Ganarían los socialistas la suya a cambio de concesiones y muestras de debilidad que a las que no están dispuestos.

Y si digo en parte es porque la moción de censura puede tener un objetivo estratégico aún cuando se sepa que se va a perder: la presentación de un programa y un candidato dirigida a los ciudadanos y no exactamente a los miembros del Parlamento. El candidato del PP no quiere las críticas de los demás grupos, incluso de aquellos con los que pueda pactar en el futuro, y el programa está desgraciadamente velado por el interés estratégico de dar la idea de que es sólo el del Gobierno el que tiene un coste social inmediato. Ahí están, además, los socialistas saliendo de las reuniones en las que proponen reflexiones profundas y la búsqueda de soluciones imaginativas para, como primera conclusión, seguir con aquello de que con el PP sería peor. Sin más.

Es, como se ve, el teatro de siempre. Y podría ser éste el momento de modificar el guión. El Gobierno no está en condiciones de cambiar su programa pero sí el miedo escénico con el que ha rectificado y la sorprendente falta de discurso para explicarlo y sumar voluntades. El PP, por su parte, podría establecer, en donde gobierna ya y para la generalidad de los españoles, un nuevo discurso para explicar cómo se resuelven los defectos y los miedos de el del adversario. No es mucho pedir.

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