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UPyD ha demostrado, en primer lugar, que no era un fenómeno pasajero, la manifestación de un enfado coyuntural encarnado en Rosa Díez después de su larga discrepancia con el que había sido durante muchos años su partido, el PSOE. En su primera comparecencia electoral, las últimas generales, superó las limitaciones de una ley electoral nada proclive a las pequeñas formaciones y Díez consiguió, contra el pronóstico de muchos, su escaño por Madrid. Era, al fin y al cabo, la fundadora de un partido que se identificaba con ella (“el partido de Rosa Díez…”) pero, en las elecciones europeas, volvió a conseguir representación –además con un eurodiputado de categoría: Francisco Sosa Wagner- e iniciar un proceso complicado de organización y desarrollo del partido.

En ese proceso, las elecciones autonómicas y locales son, sin duda, las más difíciles para un partido como UPyD tanto por el elevado número de candidaturas (y el mismo sistema electoral) como por el hecho de que, por las cuestiones locales a debatir, hay que demostrar que “el partido liderado por Rosa Díez” es algo más que “el partido de Rosa Díez”. Formalmente, y a pesar de algunas discrepancias internas –normales en este periodo de formación independientemente de cómo se hayan gestionado-, su presencia es más que considerable y, en algunos casos, han incorporado a la vida política y los sinsabores de no aspirar al poder, a candidatos más que interesantes. Sin embargo, no es fácil que todo ello se traduzca en una representación local y autonómica significativa.

El interés de UPyD, a mi juicio, era convertir el desencanto con el que consiguió sus primeros apoyos, en un programa alternativo a los grandes partidos con una presencia suficiente para mejorar el anquilosado debate público y dar un vuelco a las alianzas, hasta ahora limitadas a pactos con nacionalistas que, siendo legítimos, terminan poniendo en solfa las políticas generales. Este nuevo partido ha colocado sobre el tapete, con un saludable tono “políticamente incorrecto”, algunas cuestiones fundamentales que, una y otra vez, quedaban en el alero. Independientemente de que se esté o no de acuerdo con sus propuestas concretas, no deja de parecerme interesante y necesario ese aire nuevo en la discusión política.

Seguramente, su deseo es conseguir una representación en ayuntamientos y parlamentos autonómicos que les haga claramente visibles. No sé si es posible, pero me conformaría, aunque a los militantes de UPyD les parezca insuficiente, con una supervivencia que haga posible seguir conformando un proyecto identificable más allá de la buena imagen y valoración de Rosa Díez y de candidatos valiosos pero, en muchos casos, ideológicamente contradictorios. En un país con un debate polarizado hasta el extremo, con el sistema electoral actual y en el que le resulta más fácil conseguir financiación a Bidu antes de ser legalizado que a UPyD, sería un logro esperanzador…

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