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A primera hora del lunes, con el mazazo que conllevan ese tipo de noticias, me dicen –en la radio, en directo- que ha fallecido Valentín Solagaistua. Los que me acompañan anudan, con recuerdos personales o datos de la historia política del País Vasco, su trayectoria política, desde la militancia en ETA de la primera hora hasta su actual compromiso con el PSOE, partido por el que era concejal en Sopelana, su papel en la Transición, en la fundación de Herri Batasuna, su discrepancia con esta coalición como secretario general de una ANV que más tarde no podía reconocer, su defensa –abandonado de tantos, de los que le consideraban un traidor y de los que no terminaban de aceptarle- de la libertad de los vascos, su enérgica oposición a la violencia, su compromiso con la izquierda, su valentía en momentos de tensión y gravedad. Creo que, abrumado por la mala noticia, sólo he podido balbucear unas pocas cosas en Radio Euskadi y algunas de ellas equivocadas por la mala memoria. O por la emoción.

Conocí a Valentín Solagaistua –Valen- cuando él ya había abandonado ETA (lo hizo pronto, en su exilio en Venezuela) y una Herri Batasuna que no quería dependiente de la banda. Le conocí, precisamente, en un programa de Radio Euskadi en el que cada noche compartíamos nuestras diferencias y, a base de divergencias, se fraguó una de las amistades más entrañables de las que he disfrutado. Durante aquellos años, una noche, al salir de la radio, se sintió mal y empezó a sangrar abundantemente. Unas úlceras le jugaron una mala y grave pasada. Me costó detener un coche en la calle y poder llevarle al hospital. Mientras le atendían llamé a su mujer y, como no sabía lo que pasaba, le dije que íbamos a tomar algo y llegaría más tarde. No debí ser, como luego supe, muy convincente. A no sé qué hora de la madrugada una voz metálica, a través del altavoz, requirió la presencia de “los familiares de Valentín Solagaistua” y así fui informado de que la gravedad había remitido. Volví a llamar a su casa, esta vez con la verdad de lo ocurrido.

Otra noche, tras una fiesta electoral del PNV en la que nos colamos para ver qué pasaba, un loco (y borracho) se acercó a él enarbolando una pistola –pasaban esas cosas- y, reconozco que sin pensarlo, me interpuse entre ambos gritando “¡a este no le haces nada!”. El dirigente nacionalista Gorka Agirre logró contener al enloquecido beodo (y armado). Valen era, para algunos violentos, “el traidor”, aunque para los demás –y para mi con ellos- era el hombre coherente que defendía sus ideas y la radical evolución de sus ideas sin miedo. Tiempo después, un operario que vino a mi casa me dijo: “Usted es el Yanke que ha salvado la vida dos veces a Valentín Solagaistua”. “¿Yo?”, pregunté. “Es lo que él dice siempre”…

Se me agolpan los recuerdos, las discusiones (siempre amables: “¿Tú qué opinas? Me interesa lo que tú opinas”), las risas interminables con quien en todo veía, incluso en el sufrimiento, un motivo para el humor y la ironía. No se me va de la cabeza Valen el narrador, el que contaba con calma y regando la historia de chistes, cómo era la vida en la cárcel, el exilio, la batalla política, la lucha por sacar adelante una familia, su empeño por elegir lecturas y aprender, tantas horas de charla en el txoko de Algorta, su afán por saber que luego vertió en sabrosos escritos sobre la historia de su pueblo, Getxo.

Nunca dejó de ser de izquierdas (“Ni ahora –decía- ni en aquella primera ETA de señoritos”) pero tampoco nunca se cerró al debate ni a la posibilidad de ser convencido, lo que, por otra parte, no era fácil. Y jamás, desde que le conocí, dejó de combatir la intolerancia y la violencia (“¿Te extraña? Yo he estado en el vientre de la serpiente”) y nunca, nunca, de sonreír, aunque a veces fuese entre lágrimas, de estar junto al que le necesitaba. Lo sé por experiencia.

Sigo confuso, como a primera hora de la mañana, no lo oculto. Y dolido y lloroso. Siento no haber podido salvarle la vida, como él decía, por tercera vez, pero hay un recuerdo que, ahora, me llena de orgullo: el de aquel día en el que, en el silencio tremendo de la noche en el Hospital de Basurto, se oyó que llamaban a los “familiares de Valentín Solagaistua” y su familia, allí, era yo.

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