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El poeta uruguayo Eduardo Espina, una de las voces más interesantes y particulares de la poesía iberoamericana, me dijo con su habitual sentido del humor en uno de nuestros muchos paseos por Montevideo o por distintas ciudades norteamericanas, que nuestro amigo común Rubén Loza, novelista y compatriota suyo, tenía una sorprendente relación con Ernesto Sábato: “Loza era el escritor joven; Sábato, el maestro reconocido. Pero era Sábato el que escribía a Rubén y éste el que le contestaba”. Es verdad que Sábato tuvo siempre una especial inclinación hacia la obra de Loza Aguerrebere y ya, tras la publicación de su primer libro (“La espera”, de 1973), le escribió una carta que titulo precisamente “Carta a un joven escritor” en la que le felicitaba y le animaba en sus comienzos literarios. Acertó Sábato en el juicio, no hay duda, y siguió fiel siempre a su joven amigo a lo largo de una intensa y apasionante correspondencia. Loza, al saber de su fallecimiento esta pasada semana, declaraba a “El espectador”, no sin emoción, que el escritor argentino era “un hombre entrañable, sólo aparentemente duro, un hombre con un corazón tierno”.

Loza, crítico literario en el diario “El País” de Montevideo, dice de su maestro y amigo, que es el autor de dos novelas impresionantes entre otras magníficas (“Sobre dioses y tumbas” y “Abbadón, el exterminador”) y el hombre comprometido con su tiempo, el que escribió “Nunca más: el informe Sábato” sobre la dictadura argentina. Otro de los grandes que también elogió la obra literaria de Loza, Borges, al que el uruguayo convirtió para gozo del argentino en personaje literario (“El ladrón de Borges”), manifestó siempre una inquina llamativa sobre Sábato. Se cuenta, y si es leyenda es también significativa, tras las sesiones del jurado que entregó a Sábato el Premio Cervantes, Borges dijo que no había votado porque no había leído a la mayoría de los propuestos y porque sí había leído a Sábato. Las conversaciones de Borges con Bioy Casares están llenas de puyazos contra su colega aunque ya en ellas se constata, como en el resto de su actividad pública, que Sábato sólo respondía con amabilidad y admiración. El tipo cascarrabias era, ciertamente, un hombre entrañable.

Todo esto, y su muerte en Santos Lugares, me recuerda mi único encuentro con Sábato, si es que a esto se le puede llamar encuentro, en el Madrid de los años ochenta del pasado siglo. Me acercaba con un amigo a cenar en La Taberna del Alabardero, y, ya junto a la puerta del restaurante, vimos que salía Sábato. Me acerqué a él, le saludé, le hablé de alguno de sus libros… El sonreía amable, preguntaba por mi vida. Le dije que había publicado dos cuentos, uno en un periódico, el otro en una revista literaria. “¡Es usted escritor!” exclamó como su fuera un descubrimiento. “No, no, no se puede decir eso todavía…”, me disculpé. “¿Podría usted dejar de escribir?”, me preguntó. “Creo que no”, respondí. “Pues es usted un escritor. Yo tampoco puedo aunque a menudo me produce dolor de estómago”.

En ese momento salió del restaurante, en el que habían compartido mesa, Rafael Alberti. Sábato se volvió hacia él y le dijo: “Rafael, te voy a presentar a un colega…”. Pero Alberti, casi sin mirarme, respondió: “Otro día, que tenemos prisa” y se alejó rápidamente. Sábato me miró como si se disculpase, sonrió irónicamente, y me dijo: “Ya ve, el dolor de estómago…”. Sí, era, como dice Loza, un hombre con un corazón entrañable. Descanse en paz.

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