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Por la mañana, la secretaria general del PP se había metido en un lío –del que no sacará nada bueno- discutiendo con Ana Pastor los criterios informativos de RTVE. No sirve para esos enfrentamientos María Dolores de Cospedal, que ya es habitual lanzando pedradas sin argumentos, y salió, claro, malparada. Una nota posterior del PP terminaba teniendo su gracia porque, más que darle la razón, era un modo un poco patético de darle la mano para que saliera, si pudiera, del hoyo. Por la tarde, en el Senado, ya eran todos –socialistas y populares- los que montaban un berenjenal de gritos y descalificaciones tan indigno que indignó a su presidente, Javier Rojo, y dio una imagen tan lamentable de la política que debería avergonzar a todos. Entre una cosa y otra, los grandes y graves temas de la política española quedaban arrumbados. Y no, como a veces se dice, por el inevitable empujón de la campaña electoral, sino por un modo de hacer política (o de aparentar que se hace) que no conduce a nada bueno.

Sin embargo, ese mismo día –ayer, martes- el Gobierno anunció que, en base a los informes de las Fuerzas de Seguridad, impugnará todas las listas electorales de Bildu y algunas otras de agrupaciones electorales que se consideran “contaminadas” por Batasuna. El criterio del ministro del Interior no podía ser otro que el de los informes encargados por su departamento: se impugnan porque se considera que esta fórmula de coalición e independientes es parte de una estrategia de ETA y Batasuna. Esta importante decisión coincide con lo que el PP había hecho público en relación a sus acuerdos con el Gobierno. Y es una buena noticia al margen de la resolución final de los tribunales, que es a quienes les corresponde determinar si estas listas se ajustan o no a la Ley. Este hecho, en contraste con lo anterior, subraya el absurdo del tono que ha tomado la discusión sobre la política antiterrorista en las últimas semanas. No es que no se pueda discrepar, y manifestar la discrepancia, en esta materia pero dos elementos recomiendan la mesura y el tono razonable, que son los que, a mi juicio, se han olvidado. Uno, la gravedad de la cuestión y, dos, la existencia de un Pacto Antiterrorista que debe ser cumplido por las dos partes.

Convendría, por tanto, que, al menos en este asunto, vuelvan los debates al cauce que nunca debería haberse desbordado. Y no sólo por el curso lógico de los acontecimientos, sino por gestos inmediatos. Los gestos que tranquilicen a los ciudadanos y aclaren a los terroristas que no tendrán, pase lo que pase, gobierne quien gobierne, aire para respirar. Quizá todavía se pueda convertir un día aciago (en el debate) en una oportunidad (en la política).

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