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Leo en la contraportada de El País la afirmación de un experto en campañas electorales, el consejero delegado de M&CSaatchi, la agencia que asesora tradicionalmente a los conservadores británicos: “En política, hablar mal del rival une a los tuyos”. Bien, la frase de MacLennan, además de venir de un especialista en campañas electorales, resulta una evidencia en cuanto a las prácticas políticas que conocemos. Aquí no ha comenzado aún la campaña y ya tenemos sobradas muestras, hasta el punto de que, en la búsqueda desesperada de la fidelidad del voto, parece más importante la inutilidad del adversario que las virtudes propias. Para qué poner ejemplos….

Sin embargo, me resisto a aceptarlo. De hecho, la desafección de la política que se constata cada día con más intensidad y amplitud tiene mucho que ver, me parece, con el tono que adquiere cada vez más a menudo el debate y las relaciones entre los agentes políticos. Da igual que el tema en cuestión sea menor o mayor (como lo son, por ejemplo, la grave situación económica o la lucha antiterrorista), la estrategia parece siempre más próxima a la descalificación y a la crispación que al intercambio razonable de ideas. Se diría que generar, si es posible, desconfianza en el adversario resulta más interesante y eficaz que, mediante propuestas y un discurso adecuado, propiciar confianza para una determinada opción política. Pero es un espejismo que se vuelve en contra de uno mismo salvo, claro, en ese sector minoritario que el político puede considerar “los suyos”, un sector que es lógico no querer perder pero que no da nunca el triunfo electoral.

Se suele decir que, en el famoso debate televisivo entre Kennedy y Nixon, el joven demócrata se hizo con el triunfo porque, ante su frescura personal, el republicano se mostró nervioso y sudoroso. Mi tesis es otra. La campaña de Kennedy, además de sus atractivo personal, estuvo presidida por la elegancia, sin que esa virtud tenga nada que ver con la pusilanimidad o la falta de energía. De hecho, el futuro presidente presentó a su adversario como un político eficiente que podría ser un buen presidente de los Estados Unidos aunque, en su contra, tenía un equipo (el de Kennedy) y un programa (el de su candidatura demócrata) que resultaban más atractivos y más convenientes para resolver los problemas de los norteamericanos. A un candidato que se presenta así es más fácil votarle.

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