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En la subasta de ayer, el Tesoro colocó menos deuda de la esperada (o, en todo caso, en la franja baja de la previsión inicial) y, rompiendo la tendencia reciente, más cara de lo previamente estimado. Una mala noticia que debe añadirse a la ya mala, que siempre se olvida o se obvia, de que necesitemos tanta deuda pública en momentos tan complicados. Estas malas noticias –es decir, de las que nos hablan- vienen siempre acompañadas de culpas ajenas, en este caso, para que cada cual elija, la suerte de Portugal, los rumores por el momento negados de restructuración de la deuda griega, el griterío de la extrema derecha finlandesa o los nervios en Estados Unidos sobre la calificación de la suya. Algunos, puestos a añadir elementos autóctonos, hicieron alusión ayer al hipotético efecto de las contradictorias declaraciones en China acerca de las inversiones chinas en España.

Es evidente que todo influye pero, más que la anécdota momentánea o las disculpas externas, resulta evidente que los inversores recelan de la situación económica de España, sin que las buenas palabras de los organismos internacionales sobre los deberes llevados a cabo o en trámite, generen la confianza que se desea. En ese escenario, cualquier imprevisto afecta a nuestra deuda más que en los países a los que no nos importa “parecernos”. Es fácil también aludir a la maldad de los “mercados” pero la desconfianza en el presente y en el futuro es moneda común en la valoración que hacen de la situación los propios españoles según todos los sondeos.

Si no se puede decir, sin faltar a la verdad, que hemos avanzado, tampoco se puede negar que, en el mejor de los casos, estamos a mitad de camino mientras nuestras debilidades se siguen percibiendo grandes y en primer plano. Si, con tantas cosas pendientes, seguimos diciendo que ya salimos de la crisis, vamos, sencillamente, al abismo,

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