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Escuché hace ya muchos años a un sociólogo que puede transcurrir tiempo y tiempo escuchando quejas sobre el sistema sanitario sin que pase nada hasta que un día desaparecen las gasas de los hospitales y, aunque los sanitarios lo resuelvan de otro modo, se produce la revolución. Algo parecido ha ocurrido en estas últimas cuarenta y ocho horas con el famoso asunto de los “viajes en primera” de los europarlamentarios que, en Internet y fuera de Internet, ha generado una soberana protesta que, seguramente, dice más del hartazgo de la gente y del distanciamiento de los políticos de la sociedad que del gasto de esas comodidades viajeras que, por cierto, disfrutan diputados, senadores y muchos otros cargos públicos.

Los billetes de primera clase, el espectáculo un tanto esperpéntico de las direcciones de los partidos reclamando a su europarlamentarios el cambio de voto, la abstención o detalladas explicaciones sobre el hecho de que el documento votado no son todavía los Presupuestos del Parlamento son un detonante (de la rabia) y un síntoma (de la desafección). De una desafección que, entre otras cosas, tiene que ver con una superposición y un crecimiento elefantiásico de cargos públicos, órganos y organismos, administraciones públicas, comisiones, etc.

Todo el sistema de ahorro puesto en marcha durante el último año ha afectado más a otros capítulos (como las inversiones, los salarios o el gasto social) que a esta enorme estructura. No se trata ahora, al hilo de las quejas, de hacer demagogia: los ajustes llevados a cabo eran imprescindibles, los sueldos de los políticos españoles no son elevados, pero sí de enfrentar de una vez esta maquinaria que, a la postre y en contra de la eficacia, es un agujero por el que se va el dinero. Los europarlamentarios que votaron estos privilegios aéreos no son sólo personajes satisfechos; también dan muestra de no darse cuenta qué lejos están de proponer un sistema público razonable, qué lejos están también de sus votantes y, sobre todo, de las penurias de sus votantes.

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