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El hecho de que todos convengan en que los periodos electorales son malos para tomar decisiones económicas de calado es algo más que una mera constatación de la realidad: es, sobre todo, la constatación de que un determinado modo de hacer política, que se subraya con la proximidad de las urnas, es tan nocivo que parece impedir reparar en la realidad, analizarla y tratar de buscar soluciones a los problemas que plantea. El ministro Jáuregui se refirió ayer al tópico de que la economía (los “mercados”, las exigencias de un determinado estado de las cosas) se impone a la política, situación que a su juicio debe ser reparada cuanto antes. Sin embargo, es más una disculpa que una queja: ni los que achacan la crisis a una exagerada desregulación ni los que ponen el acento en la ineficiencia de las poderosas maquinarias públicas para resolver injusticias y desequilibrios podrán negar que, en la raíz de la crisis, hay una cuestión política, que sigue presente y que trata de minimizarse ante la opinión pública cuando no se acierta.

Estamos mejor que cuando estábamos peor pero a pesar del tiempo transcurrido y de los sacrificios impuestos no por gabinetes misteriosos, sino por nuestros propios desarreglos pasados, tenemos aún por delante reformas dolorosas y una travesía del desierto que, sin ser infinita, es poco halagüeña. Con elecciones o sin ellas, con unas u otras candidaturas, con tensiones internas o placidez a la búlgara, la tarea pendiente debe ser llevada a cabo. Le corresponde, en primer término, al Gobierno. Es poco serio que el presidente Rodríguez Zapatero asegurara este fin de semana que su papel de cara a las próximas elecciones generales va a ser explicar cómo se ha salido de la crisis cuando pocos días después la vicepresidenta Salgado se ve obligada a revisar al alza las previsiones de desempleo para 2011. O que se trate de obviar el impacto que puede tener en España la deriva de la situación económica en Portugal con la cantinela de que “la nuestra es distinta”.

Los datos del último sondeo del CIS revelan, como no podía ser de otro modo, que entre las preocupaciones de los españoles, algunas graves, no estaba la sucesión del presidente, sino la situación económica y el paro, que se ve con pesimismo lacerante sean cuales sean los plazos electorales. Responder a esas demandas es hacer política . Mirarse el ombligo es olvidarla.

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