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Todo cambió con los atentados del 11-M y la reacción del PP al final de la campaña de 2004 pero la estrategia planteada con el liderazgo socialista de Rodríguez Zapatero tenía su interés. Lo que se le demandaba entonces no era que ganara las elecciones –como al final ocurrió en circunstancias excepcionales- sino que iniciara una trayectoria de recomposición del proyecto político del PSOE, dañado por su pasado y por la confusión ante los éxitos económicos de Aznar, de cara a 2008. Nada fue como se esperaba pero el diseño, a mi juicio, era acertado. Estoy seguro de que, en su elección como secretario general, más allá o complementariamente a los intencionados descartes de los votantes en el Congreso del PSOE, pesaba una apuesta a medio plazo y no tanto la búsqueda de un remedio inmediato.

Ahora, tras el anuncio del presidente del pasado sábado, el PSOE vuelve a tener que elegir liderazgo en un momento en el que las perspectivas electorales no son nada halagüeñas. Ni para las autonómicas (en las que presumiblemente casi todo parece perdido: sólo salvará los trastos en Extremadura y se la juega en Castilla La Mancha) ni para las generales de 2012. Es verdad que falta más de un año pero las perspectivas económicas son malas en el tema que más preocupa –el paro- y nada hace pensar que se vaya a producir un giro que solvente la desafección del electorado, aunque pueda ser corregida levemente. Si el presidente y sus asesores confiaran en algo distinto no se habría producido el anuncio con el patetismo con que se ha hecho.

Es decir, lo probable es que haya que elegir un sucesor, o sucesora, para perder. Nada está escrito, ciertamente, pero tampoco parece lógico que se elimine lo previsible a la hora de elegir candidato en unas primarias. Parece que, por el momento, los nombres que adquieren más fuerza son los del vicepresidente Pérez Rubalcaba y la ministra de Defensa Carme Chacón. Cualquiera de estas dos personas podrá jugar su papel muy razonablemente pero, por todo lo anterior, no encuentro lógica en que se diga, como se dice, que el vicepresidente es el mejor candidato sólo para el mal trago de 2012, es decir, para una derrota atemperada pero no para el futuro del partido en 2016.

No digo que Pérez Rubalcaba, incluso en este país que envía al Olimpo de los recuerdos a los políticos a edades con las que en otros lugares aún pueden tener mucho futuro, no pueda ser una opción, pero, desde luego, si se pretenda que pierda dignamente para que otro –u otra- pueda ganar después ajustadamente se sometería al PSOE a una dolorosa y constante batalla por la renovación que, desde luego, no ayuda en absoluto al establecimiento de eso que llaman “nuevo liderazgo”.

 

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