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Me parecía –y me sigue pareciendo- tan inconveniente para los intereses generales, y los particulares del PSOE, el anuncio hecho el sábado por el presidente Rodríguez Zapatero que no pude menos que pensar y escribir que no era lo esperado. A quienes pregunté, más cercanos y con más afecto político al líder socialista, me confirmaron la previsión que ha resultado equivocada siempre salvando, como también indiqué, ese resto impredecible que los suyos cifran gráficamente en algo parecido a un “bueno, si no hay sorpresas, que ya sabes cómo es Zapatero”. No pensaba, sinceramente, que fuese así. Se puede aceptar que haya habido dos factores consecutivos para adelantar a este pasado fin de semana el anuncio de no querer volver a presentarse. Uno, la crisis económica y el modo en que su gestión, a todas luces desacertada, ha llevado al presidente a bajísimas cotas de respaldo social, peores –como se ha recordado estos días- que las de González en pleno escándalo de lo GAL y la corrupción y que las de Aznar en la guerra de Irak. Y dos, la concreta desafección de aquellos a los que él creó o sostuvo políticamente y que, de pronto, querían hacer ver que si perdían las elecciones autonómicas y locales era, exclusivamente, por culpa del presidente, por una culpa tan personal, al parecer, que nada tiene que ver con una política que todos ellos han apoyado y a la que no han presentado alternativa conocida. Quienes pensaron, si realmente lo pensaron, que al anuncio el presidente iba a devolver la campaña de las elecciones de mayo al ámbito de los asuntos locales, ya comprobaron ayer mismo que Rubalcaba y Chacón eran recibidos en los mítines con gritos de “¡presidente!” o “¡presidenta!” mientras todos los barones se desgañitaban pidiendo que la cuestión de suceden a Zapatero se demorara para evitar la “traición” al partido. Un éxito, como se ve, este empeño por sacar del ámbito nacional, como el PP desde, esta inminente campaña. El presidente, con un anuncio que no es otra cosa que la muestra de la desesperación (ni cree que pueda ganar las elecciones ni tiene el apoyo de los suyos para perderlas dignamente y dar paso a una nueva etapa del PSOE), pretende dar, por el contrario, una imagen de optimismo: hará lo que haya que hacer y demostrará que estamos saliendo de la crisis para beneficio, aunque sea parcial, de su sucesor a la cabeza de las listas. Resulta sorprendente: si no quiso darse cuenta de la dimensión del desastre se diría que ahora no quiere ser consciente de que, en el mejor de los casos (sobre todo en lo que se refiere al paro y al endeudamiento privado), precisa un tiempo que no tiene hasta los comicios de 2012. Si acelera las reformas, que es lo que debería incluso con su coste inmediato, sólo cabe que “el PSOE” –que es lo que algunos quieren para sustituir a Zapatero- las secunde o se enfrente a ellas. En cualquier caso, se añadirían problemas a los problemas. Podría seguir, pero sólo para subrayar, junto a mi sorpresa, mi asombro. Y ahora se pondrán a discutir cómo frustran una opción de futuro por un remedio inmediato. Y parcial, aunque lo llamen “nuevo liderazgo”.

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