Estuve hace unas semanas en Londres y crucé el puente de Waterloo porque, desde que salí a la calle, estaba obsesionado –no se por qué- por acercarme al lugar en el que fue asesinado, en 1978, el escritor y periodista Georgi Markov, disidente búlgaro que trabajaba en la BBC. Tras cruzar el puente como yo lo hice, mientras Markov esperaba el autobús en una parada, Franceso Gullino, un italiano a las órdenes del KGB que era conocido por el sobrenombre de Picadilly, le clavó en el muslo un paraguas, aparentemente por descuido, pidiendo disculpas a continuación, y le introdujo así en el cuerpo una sofisticada y minúscula esfera con un veneno que le causó la muerte días después. El día que repetí su último trayecto hacía un frío de muerte en aquella parada.

Hay dictaduras que niegan los derechos humanos y las libertades en su territorio. Las tiranías te impiden marcharte del país y, si lo consigues, tratan de apartarte de la vida con métodos despreciables o, sencillamente, con el asesinato. Tzvetan Todorov cuenta en La experiencia totalitaria, que leí, sugestionado por esta historia al volver, la impresión que le causó “el asesinato del paraguas” y cómo no se entregó de lleno al estudio del totalitarismo hasta la caída del Muro por miedo a lo que pudiera pasarle a su familia, que seguía viviendo en Sofía. De vuelta al centro, pensaba en la mujer de Markov y en su hija Alexandra, que debía tener entonces dos o tres años. ¿Qué habrá sido de ellas? ¿Tras qué ventana de las que veía por las calles, protegiendo aparentemente vidas tranquilas, estarán hoy?

 

 

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