Descubro, leyendo Adiós, Mona Lisa de Roberto Zapperi, que La Gioconda, el retrato más famoso de la historia del arte, no era, como yo pensaba, Lisa Gherardini, la mujer de Francesco del Giocondo, sino Isabella Gualandi, una dama de Urbino a la que Giuliano de Medici dejó embarazada cuando hacía por allí el vago, conquistaba mujeres y pedía regalos para dilapidar su importe. Al encargar el cuadro a Leonardo da Vinci, que lo hizo sin modelo, cuando Isabella ya había fallecido, Giuliano pretendía que el hijo de ambos, Ippolito, tuviera cerca la imagen de su madre, de la que decía que estaba lejos y no podía volver, que es lo que insistentemente pedía el niño cuando se lo llevó a Roma.

El misterio sobre el paisaje del fondo del retrato ya no tiene relación con la retratada. Si son los Alpes vistos desde Milán, es un capricho del pintor. La discusión sobre si la dama retratada está embarazada adquiere sentido porque, seguramente, Leonardo quiso subrayar el carácter maternal de Isabella, a la que pintó con el velo tradicional de las esposas en la iconografía de la época. Queda la sonrisa, un misterio que han tratado de analizar con teorías y ordenadores y que, desde luego, va más allá de la tranquila felicidad con la que pudo querer agradar a Ippolito. O a Medici. ¿Pero no es misteriosa toda sonrisa?

 

 

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