Henry Hitchings, en el ingenioso Saber de libros sin leer, apunta que muchos adolescentes, tras ver la película Romeo y Julieta de Baz Luhrmann (1996), podrían haber exclamado: “Me ha gustado, a pesar del lenguaje”.

Hay algunas escenas de Shakespeare de las que se ha abusado tanto –incluso por los que no las han leído- que se recuerdan como alambicadas y edulcoradas, pero si uno vuelve a los textos no puede menos que quedar fascinado. La magia está en el lenguaje. Una de ellas es la escena del balcón de Romeo y Julieta, que representa algo que todos hemos vivido o, en todo caso, entendemos como verosímil: la resistencia a abandonar a la persona amada. ¿Quién no ha acompañado a la suya y, al llegar a su casa, ha escuchado, “ahora te acompaño yo a ti”? ¿Quién no ha tratado, aún inútilmente, detener el tiempo, alargar el encuentro? Eso es lo que, en el balcón, hacen Romeo y Julieta y recrean con el lenguaje.

Se preguntan lo que ya saben, se repiten lo que quieren oír y decir, vuelven a lo mismo y, cuando ya no es posible mantener el encuentro por más tiempo (el ama advierte a Julieta que la van a sorprender, Romeo debe huir de la casa de la familia enemiga), ella, Julieta, dice esa frase que me parece la más bella: “Buenas noches, buenas noches, buenas noches, es tan dulce el dolor de la despedida que estaría diciendo buenas noches hasta el alba”.

 

Anuncios