Raúl del Pozo, en su columna de hoy en El Mundo, cuenta, al hilo de un sarao artístico con Ágatha Ruíz de la Prada (al que el articulista llama “el rostro humano del pedrojotismo”), que Paco Rabanne dijo en su día, refiriéndose a la diseñadora: “¿Cómo se llama esa loca? ¿De la Prada…? Me gusta esa chica, qué talento, qué locura. Hace cosas nuevas, intenta alcanzar un horizonte diferente”. Yo no puedo escribir mejor que Raúl del Pozo pero creo que mi anécdota, con todos los respetos, es mejor, incluso sin Rabanne, con el que una vez coincidí en el Café de Flore y dijo, por cierto, cosas esperpénticas en un castellano estrambótico.

Mi Rabanne es un taxista que, en cuanto me senté en el coche, me dijo: “Usted trabaja en El Mundo, ¿no?”. No me había reconocido, para su perspicacia bastaba haberme recogido en la puerta del periódico. “Efectivamente”, le dije. Y él: “Se dicen cosas absurdas de Pedro Jota, como de todos los famosos, ya sabe usted cómo son estas cosas”. “¿Y que cosa absurda se dice de él?”, pregunté. “Pues fíjese usted, el otro día un compañero me dijo en la parada que está casado con Ágatha Ruíz de la Prada… La gente es boba, se cree cualquier cosa”.

Como el asunto se ponía interesante insistí. “Claro, a usted le parece increíble que sean marido y mujer…”. Y él, un poco mosqueado, como si estuviese poniendo en duda su radar de cosas absurdas, replicó: “A mi y a todo el que tenga un poco de sentido común. Ese Pedro Jota, siempre con corbata, siempre tan serio, siempre tan seguro de si mismo y la Ruíz de la Prada, con esa sonrisa de niña pícara y las locuras que cose… ¿Pero cómo van a estar juntos? ¡Por Dios!”.

Tras un silencio, el taxista continuó: “Usted no dice nada pero a mi no me la dan con queso. ¿No le parece?”. “Estoy seguro de que no…”. “¡Si ya lo decía yo!”.

 

 

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