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Sólo tres diputados se opusieron ayer a dar la correspondiente autorización al Gobierno para participar en las operaciones militares internacionales contra Gadafi en las que, como recordó Rajoy, España estaba previamente involucrada. La coherencia al asumir esta delicada responsabilidad y el apoyo mayoritario son, a mi juicio, más importantes que los comentarios críticos o escépticos que deslizó en el debate el líder de la Oposición, sobre todo porque la mayor parte de ellos responden más al particular modo en que se desarrolla entre nosotros el debate político que al fondo del asunto.

Si Rajoy insistió en la palabra “guerra” y el presidente Rodríguez Zapatero la eludió no es por diferencias en la valoración de lo que ya está ocurriendo –que es una guerra- sino por el trasfondo de meses de discusiones si se quiere interesante y con consecuencias pero alejado de lo que Gobierno y Oposición deben pactar o entienden que deben discrepar. Si tú me llamas belicista por Irak argumentando el pacifismo como principio yo te recuerdo que lo de Afganistán es una guerra y si tú me respondes que esto último es una operación humanitaria yo, ahora, insisto en que estamos participando en una guerra que no me puedes negar.

Lo importante es que el PP no sólo se sumó a lo que ya está en marcha sino que invocó el pre-requisito de la libertad en las relaciones internacionales y la convivencia de terminar con la dictadura sangrienta de Gadafi. Si el debate político fuese en España de otro modo, o con otro estilo, esto bastaría para que Gobierno y Oposición analizaran seria y conjuntamente las dificultades operativas de este caso concreto y el modo en que se puede defender hoy la extensión de la democracia y la reacción conjunta ante las dictaduras, que está en la base de la actual descoordinación sobre el mando de esta “guerra de Libia”. Serviría para que la posición de España fuese en el mundo más seria y de puertas adentro más respaldada.

 

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