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Aparece ahora un sector de la extrema derecha utilizando el apoyo y la participación de España en la coalición internacional contra Gadafi para insultar al presidente Rodríguez Zapatero (como un belicista que ha renunciado al pacifismo obligado por otros) y, de paso, al Partido Popular (que sería una suerte de agrupación de débiles seguidores del mal). No parece que la extrema derecha sea antibelicista porque nos hemos pasado años escuchando sus diatribas contra los del “no a la guerra” y contra el propio presidente cuando ordenó que las tropas españolas salieran de Irák y, en su largo discurso histórico, justificando –todavía ahora- que Franco se levantara militarmente contra la República. Se diría, por tanto, que está en contra de esta guerra contra Gadafi y no en contra de las guerras en general.

¿Por qué? Quizá por una concepción encastillada del propio país que debería estar al amparo de cualquier peligro extranjero, ya sea negándose a defender la libertad (e incluso la vida) de los que no son nacionales, a asumir los riesgos de un mundo más justo (que les importaría un bledo), ya sea queriendo impedir que los otros “nos molesten” (como Marine Le Pen en Lampedusa oponiéndose a que se acoja a los libios que huían de Gadafi) o ya sea renegando de que los principios clásicos de Occidente tengan una vigencia que va contra todas las dictaduras e imposiciones.

Pero puede ser también que todo valga (Gadafi masacrando a los libios incluso) para repetir el cúmulo de tópicos en el que se ha convertido su propuesta marginal: el PSOE es el demonio (haga una cosa o la contraria) y el PP una suerte de ángel caído que le sigue vergonzosamente. Bien, a la postre resulta reconfortante que estar contra Gadafi suponga también, por razonable, estar contra la extrema derecha.

 

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