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Las tropas de Gadafi bombardeaban ayer Bengasi, con la misma brutalidad que otras acciones anteriores similares, seguramente como preludio de tomar el control militar del bastión de los rebeldes. Los rebeldes son los que se oponen al dictador y quieren una transición rápida hacia la democracia. Están en Bengasi y en muchos otros lugares de Libia, también donde la represión de Gadafi convierte el país en un infierno. Los rebeldes son también –hay que subrayar el cinismo- los que los países de la Unión Europea han considerado interlocutores válidos.

Los rebeldes son asimismo los que han pedido ayuda a Occidente, los que consiguieron la solicitud formal de la Liga Árabe de una zona de exclusión aérea, los que esperaban una reacción inmediata de la ONU y de la OTAN. Y son los que, ahora, espantados, contemplan cómo las organizaciones internacionales no sirven para nada y cómo las democracias occidentales se paralizan, no se sabe si esperando con cinismo que sean aplastados o que sean los árabes los únicos que se pongan en peligro por defender a los libios de tan cruel dictador.

Los rebeldes libios son, a la postre, con todas sus debilidades y su inexperiencia, los que creen que los derechos humanos son universales y las libertades un bien que el Derecho Internacional demanda respetar en contra de lo que, según se va viendo, piensan los lideres europeos y sus colegas del Consejo de Seguridad. Los rebeldes libios son los que terminarán (si ya no lo están) decepcionados de Occidente, los que odiarán la hipocresía de quienes los dejan a su suerte argumentando que temen que, si hacen algo, surjan odios y malentendidos. No me extraña que los rebeldes libios miren con desprecio a Europa porque yo mismo, que no soy libio sino europeo, la contemplo también así.

 

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