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1.- Es absurdo identificar a la izquierda con las posiciones antinucleares y a la derecha con el lobby que defiende ese tipo de energía. Ni se corresponde con las posiciones en los partidos europeos de uno u otro signo ni, por cierto, en los españoles.

2.- Lo ocurrido –lo que está ocurriendo- en Japón podría servir de experiencia pero argumentar sólo con las desgracias es un mecanismo reaccionario, en este caso y en cualquier otro, además de una burda generalización.

3.- Puestos a contemplar Fukushima podría decirse que tomar la parte por el todo exige convenir que el todo, lo normal, es lo extraordinario. Un terremoto como nunca había habido (que supera con creces las más altas previsiones), un tsunami a continuación, la complicación operativa consiguiente y, con todo, la central ha resistido mejor que otras modernísimas instalaciones, han funcionado buena parte de las medidas de seguridad y, sin negar la gravedad y el riesgo, para descalificar todo hay que usar la exageración un tanto obscena, como lo del “Apocalipsis” del comisario europeo.

4.- Negar los riesgos sería absurdo, como negarlos en cualquier otra actividad. Evaluarlos y compararlos con los de otras es legítimo y necesario, pero negar que puedan ser razonablemente controlados no tiene base científica. Dentro del espacio de la discusión técnica (y política) pedir “tests”, controles y nuevas y más rigurosas medidas de seguridad es lógico, como lo es constatar, en ese mismo espacio, que, aún así, la energía nuclear es más razonable y rentable que otras muchas.

5.- Quién esté en contra de la energía nuclear, que es una posición respetable que no comparto, no debería ser –ni de hecho lo es- por las consecuencias en  Fukushima de una tragedia de dimensiones desconocidas. Ya lo era antes, me parece. Del mismo modo, puedo atender hoy a las reclamaciones de más seguridad pero no creo que nadie pueda imponerme, por lo ocurrido, una política antinuclear. Ni Merkel “disimula” por ello, sino por las elecciones.

 

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