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Seguramente Angela Merkel cobrará mejor sueldo que el presidente del Gobierno de España –porque, aunque sea políticamente incorrecto aquí pagamos muy mal a los polítcos- pero, en todo caso, creo que deberíamos completar sus ingresos con cargo a los Presupuestos. Nunca una dirigente extranjera ha sido tantas veces citada como ejemplo o confirmación de lo que hay que hacer. Ni Obama. Lo que suponía Obama era mimetismo formal (“el Obama español”, “el Obama de Ajuria Enea”, “el Obama blanco”, etc.) y lo que supone Merkel es la disculpa por antonomasia.

Primero, la derecha nos la ponía como ejemplo. Había hecho lo que había que hacer, a diferencia de Rodríguez Zapatero y por eso Alemania crecía  y la economía española se deslizaba hacia el desastre. Después alabó las reformas emprendidas por el Gobierno, que en buena parte eran las exigencias alemanas a sus socios de la Unión, y el presidente y sus voceros nos dijeron que sus políticas eran tan homologables como desasistido de programa quedaba el PP, refutado por sus socios europeos. Lo cierto es que la mayoría de las reformas alemanas, adelantadas a tantos otros países de la UE, habían sido puestas en marcha por el Gobierno socialdemócrata que la antecedió y, las últimas, por el de coalición del que ella formó parte, con lo que resultaban más realistas que de derechas. Y, de igual modo, en su última visita, cuando dio amables palmaditas en el hombro a nuestro presidente, no era sino el modo diplomático de seguir pidiendo (si se me permite el eufemismo) cosas que todavía estaban pendientes. Como se ve, mas disculpa que ejemplo.

Si hasta hace poco era el ejemplo de una apuesta por la energía nuclear, en contra del programa de desmantelamiento de centrales decidido por los socialdemócratas, ayer se convirtió en la reina de la ecología y la princesa de las energías alternativas al dejar en suspenso, durante tres meses, la decisión de mantener las centrales, aprovechando lo ocurrido en Japón. Tiene Alemania un despliegue de centrales que a los antinucleares españoles les ha de parecer un escándalo y, si Merkel las considera ahora peligrosas, no ha hecho sino anunciar, con clara intención electoral, que la decisión ya tomada será efectiva, en todo caso –ya veremos-, tras pasar los duros tragos de próximos comicios. Así que esperemos un poco no vaya a ser que, otra vez, doña Angela sea también en esto una disculpa. O un estrambótico argumento de autoridad, de los que se suelen usar cuando explicar los otros exige un esfuerzo que consideramos excesivo. En todo caso, deberíamos pagarle tan especial contribución al caos en que se convierten todos los debates en España.

 

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