No diré que el drama que vive en estos momentos Japón le importe un pito a un cierto sector de los ciudadanos europeos, pero me llama la atención que lo sucedido sirva .en ocasiones casi exclusivamente- para llevar el agua a determinados molinos de modo un tanto estrafalario. Cuando llegaron las primeras noticias del terremoto y el asolador tsunami ya se escuchó o leyó que los males estaban en una suerte de política y actitud general contra la Naturaleza que, enfadada, se rebelaba contra los malvados. Visto así, el ecologismo sería el absurdo de dejar hacer a la Naturaleza, como su tuviera voluntad, lo que le viniera en gana y limitar al mismo tiempo cualquier opción científica o de control humano. Nunca una desgracia de las dimensiones de lo ocurrido en Japón había sido utilizada para algo parecido, pero sólo porque las dimensiones de esta desgracia no se habían dado antes, como se ha recordado estos días, desde la última Guerra Mundial.

En cuanto se constataron problemas en la central nuclear de Fukushima la batalla del hombre contra la Nauraleza –como si lo ocurrido no fuese precisamente lo contrario- pasó a un segundo término para central el debate en una batalla contra la energía nuclear. Los japoneses seguían al fondo, borrosos, ajenos a los grandes temas planteados por tan trágica semana. En el debate sobre la energía nuclear, que es una cuestión seria, se suele convertir a sus defensores en burdas caricaturas para conseguir así un triunfo más fácil: serían los capitalistas inhumanos que no son capaces de reconocer los riesgos para conseguir beneficios. Aquí estamos asistiendo a una versión similar en muchos casos, como si la única exclamación posible ante el tsunami y sus consecuencias fuese: “ya os lo dijimos”. Como si el incendio accidental de los pozos petrolíferos tuviera que implicar la prohibición de la gasolina, o los muertos en la carretera la de los automóviles, o la estadística de los errores médicos la de la ciencia quirúrgica. Igualmente podría evaluarse, aunque no se haga, que un accidente nuclear limitado sea la consecuencia de un embate de la  Naturaleza de tales dimensiones.

Si el debate sobre la energía nuclear debe ser serio, evaluar sus riesgos y beneficios, ver cómo se pueden controlar los primeros y cómo responden al bien común los segundos, no es este el modo más razonable de plantearlo. Naomi Klein y algunos otros intelectuales progresistas venían reprochando desde hace bastante tiempo a “la derecha” que aprovechara las catástrofes y las desgracias humanas para imponer reformas a su gusto. Ocurrió ya con la crisis económica y, ahora, de modo más que obsceno, tras lo ocurrido en Japón: son los llamados progresistas los que parecen no tener otro argumento que tomar las desgracias, como los rábanos, por las hojas.

 

Anuncios