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Entre las subespecies retóricas que se despliegan ahora –como en otras ocasiones anteriores- para defender la legalización de Sortu, la renovación de un “proceso”, tome la forma que tome, en que tal decisión formaría parte de sus fundamentos, etc., está la de que no hay mejor homenaje a las víctimas del terrorismo, ni mejor noticia para ellas, que la desaparición de ETA.

Convengamos en que la reparación a las víctimas del terrorismo es, en puridad, imposible por el carácter de su pérdida, sobre todo cuando afecta a vidas humanas. Y convengamos también en que la otra cara de la injusticia sufrida –que es criminal, contemplada por el Código Penal- es precisamente la justicia, el imperio de la ley, el castigo legal de los delitos y la concepción de que el mismo hecho de ser víctimas del terrorismo implica su carácter ejemplar, es decir, la constatación de que no son parte de un “conflicto”, sino la parte inocente afectada por la barbarie de los verdugos. La “paz”, por tanto, no es “la desaparición de ETA” a cualquier precio o de cualquier manera. Quienes ahora, por motivos estratégicos, insisten en que pueden darse por satisfechas por una hipotética (e improbable) desaparición de la banda, deberían tenerlo en cuenta.

Parece que, en estos momentos de confusión (tan largos como generados intencionadamente), hay que repetir lo obvio. Repitámoslo. Todo esto sería como si la víctima de una violación, que también es un delito, se debiera sentir satisfecha e incluso homenajeada porque se le dijera que, a cambio de lo que fuese y mediante la esperanza de que quizá el violador no lo repita, parece que incluso habrá quienes, antes felices con su desgracia, la condenen en el futuro si es que se repite.

Las víctimas del terrorismo no tienen la verdad política, entre otras cosas porque son de tan diferente condición ideológica y personal que resultaría imposible. Pero detentan y significan una verdad inolvidable: que son víctimas porque hay verdugos y que estos deben ser derrotados y castigados, no por venganza sino por la exigencia de que desparezca el totalitarismo violento que les ha convertido en víctimas. Quienes quieran la legalización de Sortu, o deseen posicionarse en el escenario por si acaso se legaliza, deberían abandonar las subespecies retóricas y argumentar de otro modo. De cualquier modo que no suponga ni un atentado al sentido común ni una nueva ofensa a las víctimas.

 

 

 

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