Etiquetas

,

Después de una semana discutiendo como si nos fuese la vida en ello si se debe conducir por las autopistas a 120 o a 110 kilómetros por hora, convendría enfrentarse al problema –que debe ser el ahorro energético y la dependencia del petróleo- de un modo más serio y eficaz. Parece indudable que conducir a velocidad más reducida ahorra gasolina pero este menor gasto ni es especialmente significativo ni está claro que compense otros derivados de mayor lentitud en la movilidad. Por otro lado, y si se plantea por el Gobierno como un modo de enfrentarse a nuestros problemas energéticos, parece absurdo que la medida se contemple como algo temporal, además a corto plazo. Si es un espasmo de actividad, como si hubiera que hacer algo urgente por la crisis que sufre el país del que nos llega el 13% del petróleo, habrá que concluir que estamos ante un gesto no medido ni pensado, un movimiento reflejo, el empeño por dar la sensación de que se hace algo ante un problema que no se sabe bien qué gravedad, qué dimensiones, qué consecuencias exactas o qué duración en el tiempo puede tener.

Sin embargo, una vez superado el esperpento o terminada la chanza tendríamos que enfrentarnos a nuestra dependencia del petróleo y a los graves problemas energéticos que, además de su coste creciente, dificultan el crecimiento y la competitividad de nuestra economía. Es, sin duda, una cuestión que no se resuelve con la limitación de la velocidad en las autopistas ni con la reducción de un grado o dos en los aparatos de aire acondicionado. Tampoco con una conveniente educación de los hábitos de consumo, en los que no hay duda de que tenemos mucho que aprender, aunque ya la crisis haya sido una buena universidad para ello.

Se precisan reformas y pactos de mucho mayor alcance, en los que deben abordarse desde la energía nuclear a la alegría con la que hemos tomado la inversión de energías alternativas que, por el momento, implican poca eficacia y un gasto desorbitado. Reformas que, evidentemente, preciarán más explicaciones y quizá más complicaciones coyunturales que esta polémica reducción de la velocidad en las autopistas, pero que, siendo desde hace tiempo necesarias, hoy devienen también urgentes. Da la impresión de que el Gobierno, incapaz de abordar algo así en medio de la agonía política que sufre, pretende disimular con parches. Pero si el Gobierno no propone a la sociedad lo necesario alguien debe hacerlo. Sería más eficaz que la burla.

 

Anuncios